Honrar a María según San Ildefonso

Honrar a María según San Ildefonso


(Libro de la perpetua virginidad de Santa María, Xll)

En mi pobreza y miseria, yo desearía llegar a ser, para mi 
reparación el servidor de la Madre de mi Señor. Apartado de la 
comunión con los ángeles por la caída de nuestro primer padre, 
desearía ser siervo de la que es Esclava y Madre de mi Creador. 
Como un instrumento dócil en las manos del Dios excelso, así 
desearía yo estar sujeto a la Virgen Madre, íntegramente dedicado 
a su servicio. Concédemelo, Jesús, Dios e Hijo del hombre; 
dámelo, Señor de todas las cosas e Hijo de tu Esclava; otórgame 
esta gracia, Dios humillado en el hombre; permíteme a mí, hombre 
elevado hasta Dios, creer en el alumbramiento de la Virgen y estar 
lleno de fe en tu encarnación; y al hablar de la maternidad virginal, 
tener la palabra embebida de tu alabanza; y al amar a tu Madre, 
estar lleno de tu mismo amor. 

Haz que yo sirva a tu Madre de modo que Tú me reconozcas por 
tu servidor; que Ella sea mi Soberana en la tierra de manera que 
Tú seas mi Señor por la eternidad. Ved con qué impaciencia 
anhelo ser vasallo de esta Reina, con qué fidelidad me entrego al 
gozo de su servidumbre, cómo deseo hacerme plenamente 
esclavo de su voluntad, con qué ardor quiero no sustraerme jamás 
a su imperio, cuánto ambiciono no ser nunca arrancado de su 
servicio… Haz que me admita entre sus súbditos y que, sirviéndola, 
merezca sus favores, viva siempre bajo su mandato y la ame por 
toda la eternidad. 

Los que aman a Dios conocen mi deseo; los que le son fieles, lo 
ven; los que se unen al Señor, lo comprenden, y lo conocen 
aquellos a los que Dios conoce. Escuchad los que sois discípulos 
suyos; prestad atención los infieles; sabedlo vosotros, los que no 
pensáis más que en la desunión; comprended, sabios de este 
mundo que hace insensatos a los ojos de la sabiduría divina, lo 
que os hace sabios a los ojos de vuestra necedad (…). Vosotros, 
que no aceptáis que María sea siempre Virgen; que no queréis 
reconocer a mi Creador por Hijo suyo, y a Ella por Madre de mi 
Creador; que rehusáis creer que sólo Ella tenga por Hijo al Señor 
de las criaturas; que no glorificáis a este Dios como Hijo suyo; que 
no proclamáis bienaventurada a la que el Espíritu Santo ha 
mandado llamar así por todas las naciones; que oscurecéis su 
gloria negándole la incorruptibilidad de la carne; que no rendís 
honor a la Madre del Señor con la excusa de honrar a Dios su Hijo; 
que no glorificáis como Dios al que habéis visto hacerse hombre y 
nacer de Ella; que confundís las dos naturalezas de su Hijo y 
rompéis la unidad de su Persona; que negáis la divinidad de su 
Hijo; que rehusáis creer en la verdadera carne y en la Pasión 
verdadera de su Hijo; que no creéis que ha sufrido la muerte como 
hombre y que ha resucitado de los muertos como Dios (…). 

Mi mayor deseo es servir a este Hijo y tener a la Madre por 
Soberana. Para estar bajo el imperio del Hijo, yo quiero servirla; 
para ser admitido al servicio de Dios, anhelo que la Madre reine 
sobre mí como testimonio; para ser el servidor devoto de su propio 
Hijo, aspiro a llegar a ser el servidor de la Madre. Pues servir a la 
Sierva es también servir al Señor; lo que se da a la Madre se 
refleja sobre el Hijo, yendo desde la Madre a Aquél que Ella ha 
alimentado. El honor que el servidor rinde a la Reina viene a 
recaer sobre el Rey. 

Bendiciendo con los ángeles, cantando mi alegría junto con las 
voces celestiales, exultando de gozo con los coros angélicos, 
regocijándome con sus aclamaciones, yo bendigo a mi Soberana, 
canto mi alegría a la que es Madre de mi Señor y Sierva de su Hijo. 
Yo me alegro con la que ha llegado a ser Madre de mi Creador; 
con Aquélla en la que el Verbo se ha hecho carne. Porque con Ella 
yo he creído lo que sabe Ella misma conmigo, porque he conocido 
que Ella es la Virgen Madre, la Virgen que dio a luz porque sé que 
la concepción no le hizo perder su virginidad, y que una inmutable 
virginidad precedió a su alumbramiento, y que su Hijo le ha 
conservado perpetuamente la gloria de la virginidad. Todo esto me 
llena de amor, porque sé que todo ha sido realizado por mí. No 
olvido que, gracias a la Virgen, la naturaleza de mi Dios se ha 
unido a mi naturaleza humana para que la naturaleza humana sea 
asumida por mi Dios; que no hay más que un solo Cristo, Verbo y 
carne, Dios y hombre, Creador y criatura.

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