Santo del día 19 noviembre: San Crispín de Viterbo

San Crispín de Viterbo Hombre de Virtud:

Tanto fuera como dentro del convento no le faltaron al santo del día fray Crispín asechanzas, humillaciones y persecuciones. Dos veces al menos se atentó contra la pureza de su vida tendiéndole las redes de dos «mujeres desvergonzadas». En el monasterio de las conversas, una religiosa de allende los Alpes se empeñó en insultarlo durante más de treinta años cada vez que venía a la portería por la limosna. En una familia vivían dos hermanos, uno de los cuales le daba limosna, mientras el otro le insultaba. Este llegó a escribir al ministro general Buenaventura Barberini de Ferrara (1733-1740) pidiéndole la remoción de fray Crispín. En el mismo Orvieto el canónigo Pedro Bucciosanti lo tildaba de hipócrita. Y, como él, también otros le gritaban a la cara: «Eres un hipócrita, un gran hipócrita».

Ni siquiera en el convento le faltaron de parte de sus hermanos incomprensiones y cruces, que, en cierto sentido, eran de prever. Fray Crispín el santo del día de hoy fue un religioso empeñado en realizar, consciente y libremente, un ideal. Ello le suponía no sólo estar en el centro de la atención de los demás, sino también vivir en conflicto permanente con la realidad ambiente, aun cuando este aspecto sólo en algunos casos especiales lo hemos podido captar con claridad.

Su oficio lo mantenía casi siempre fuera del convento, en contacto estrechísimo con «su gran familia orvietana», cuya vida y milagros conocía. Pues bien, al regresar al convento, no faltaba quien le requiriese noticias. Entonces fray Crispín, pronto y decidido, respondía: «Tengo algo más que hacer que vivir preocupado por esas cosas».

Hubo allí un guardián que tenía la obsesión de la observancia. Por la tarde quería a todos los frailes en el convento, incluido el mismo fray Crispín, que, con gran sacrificio, debía renunciar y servirse de la residencia para comer un bocado de pan y descansar un poco. Pero si nada le importaba cuando era a costa de su sacrificio personal, se mostraba en cambio irreductible ante cuestiones de principio que ponían en peligro su ideal. Así sucedió en 1715, cuando su nuevo guardián, el padre Francisco Antonio de Port’Ercole, al asumir el gobierno del convento, ordenó a fray Crispín que postulase dinero. En Port’Ercole, fortaleza española, el guardián había crecido entre cuarteles; no estaba, por lo tanto, acostumbrado a transigir y menos aún, a ser desobedecido. Por eso, ante la resistencia de fray Crispín, decidido a no quebrantar la Regla, logró alejarlo de Orvieto. Fray Crispín salió para Bassano, de donde, casi a los tres meses, fue de nuevo reclamado desde Orvieto por la comunidad. En el convento mandaba todavía el padre Francisco Antonio de Port’Ercole, el cual, obligado a abandonar sus pretensiones, terminó miserablemente fuera de la Orden.

Para fray Crispín la penitencia era un ingrediente esencial de la vida religiosa. Por eso no era extraño que dijese «que el buen vino no estaba bien en la mesa de los capuchinos, sino en la mesa de los señores»; o bien que llevase al convento «el pan de peor calidad», es decir, el peor hecho de Orvieto -y que él pedía de limosna a los campesinos- a fin de que «recordasen los religiosos -decía con frecuencia- que eran capuchinos pobres». Sucedía también que, cuando oía alabar la calidad del vino, corría a la bodega a «bautizarlo». De aquí el enfado de algunos religiosos pobres de espíritu. Los más se limitaban a refunfuñar; pero alguno se le enfrentaba reprochándole que no fuese capaz de servirlo como venía a las necesidades de la comunidad.

¿Y fray Crispín? A veces confesaba ser «un siervo inútil de los frailes»; pero con frecuencia lo convertía todo en broma. «Respondía que todos estamos bautizados, que es ésta una gracia de Cristo señor, y cosas por el estilo». Al que se malhumoraba «cuando llegaba a la mesa el pan florecido, es decir, enmohecido, le decía riendo: qué obligados debemos sentirnos a nuestro seráfico padre san Francisco, que no nos abandona nunca, y que hace florecer para nosotros todas las cosas, pan y vino, legumbre, tocino y cuanto necesitamos».

Se podría uno preguntar por el estado de ánimo y por los sentimientos de fray Crispín cuando pronunciaba estas frases. Estamos acostumbrados a mirarlo como un juglar alegre del buen Dios, como una mezcla feliz de ingenuidad, de mansedumbre y de cortesía caballeresca. ¿Pero era realmente así? El padre Jacinto de Belluno, que fue guardián suyo y lo conoció a fondo, declaró en los procesos que fray Crispín ejerció en grado heroico la virtud de la fortaleza «en saber reprimir y amansar aquel natural suyo (quería decir temperamento), fuerte y encendido, que yo descubrí en él y que él procuraba atemperar, unas veces callando ante la adversidad y otras disimulando ante lo desapacible, y siempre con aquella jovialidad y alegría que acostumbraba incluso en lo que le era indiferente». Un día confesó a su compañero fray Santiago de Adorno, que, aunque Dios proveyese a los capuchinos tan sólo «de pan y agua sucia, nos debiéramos alegrar lo mismo por tal providencia divina». Por eso sus respuestas eran jocosas tan sólo en apariencia, ya que nacían de convicciones profundas; además, en la intención del que las profería, iba a ayudar a los hermanos a reflexionar sobre la propia vocación.

Frailes descontentadizos Crispín los encontrará hasta el día de su muerte. En la enfermería de Roma, algunos de éstos, molestos por su fama de santidad, le endosaron el apodo de «santo comemilagros», sin duda aludiendo al vino y otros artículos multiplicados por él. A los tales solía responder con un verso de Tasso, que le había sido particularmente querido y familiar durante toda su vida; «¡Amigo, has vencido, yo te perdono, perdona!». Y, para afianzar el perdón, distribuía entre los que refunfuñaban rosquillas y otras chucherías que le regalaban a él. En el fondo era un modo como otro cualquiera de cerrarles la boca a fin de que no faltasen a la caridad fraterna, al menos mientras comían. 

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