• 26/09/2026

ALERTA en España: anuncian una misa negra en Valencia en plena Semana Santa

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ALERTA en España: anuncian una misa negra en Valencia en plena Semana Santa

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Valencia acogerá el próximo miércoles 1 de abril de 2026 un acto gravísimo que ha causado profunda indignación entre numerosos católicos: la celebración anunciada de una misa negra satánica abierta al público en la sala 16 Toneladas, situada en la calle Ricardo Micó, 3. El evento, presentado bajo el nombre de Coven Blasfemia, está programado en plena Semana Santa, concretamente en la víspera de Jueves Santo, uno de los momentos más sagrados de todo el año litúrgico cristiano.

Según la información difundida por los propios promotores y por medios que han dado cobertura al acto, la jornada incluirá presentaciones, actuaciones, performances, venta de objetos temáticos y, como punto culminante, una “Black Mass” o misa negra. El programa anunciado incluye la presentación del libro Satanismo. Historia del culto al mal, de Javier Cavanilles, y posteriormente la celebración del ritual satánico junto con conciertos y otras actividades ligadas a la estética blasfema y satanista.

Lo primero que hay que decir con claridad es que no estamos ante una provocación neutra. No se ha elegido una fecha cualquiera. No se ha organizado este acto en un momento irrelevante del calendario. Se ha colocado deliberadamente en vísperas de Jueves Santo, precisamente cuando la Iglesia recuerda la institución de la Eucaristía, del sacerdocio y el inicio del Triduo Pascual. Es difícil no ver en esta convocatoria una voluntad directa de chocar con el corazón mismo de la fe cristiana.

Los organizadores intentan presentar el evento como una propuesta cultural, artística o performativa, envuelta en lenguaje de transgresión, provocación simbólica y cuestionamiento de lo establecido. Pero esa envoltura estética no altera la naturaleza del hecho. La llamada misa negra ha estado históricamente vinculada a la parodia sacrílega de la liturgia católica, a la inversión burlesca de sus símbolos y a la ridiculización de aquello que la Iglesia considera santo. Por mucho que se disfrace de espectáculo, psicodrama o performance, el núcleo sigue siendo el mismo: usar al revés los signos de la religión cristiana para convertir la irreverencia en un acto público.

Y eso no puede despacharse como una simple excentricidad cultural. Cuando se trivializa lo sagrado, cuando se convierte la blasfemia en entretenimiento y cuando la burla a la fe se vende como reclamo, lo que queda al descubierto no es una supuesta valentía intelectual, sino una profunda decadencia moral. Más todavía cuando el acto se promociona con normalidad, con entradas, horarios, actuaciones y venta de productos, como si la profanación pudiera presentarse como una oferta de ocio más.

La gravedad del asunto aumenta todavía más por el contexto en el que se produce. Valencia no es una ciudad ajena a la tradición cristiana. Su identidad cultural y religiosa está marcada por celebraciones de Semana Santa arraigadas desde hace generaciones. Por eso resulta todavía más ofensivo que en esos mismos días se pretenda celebrar un acto construido sobre la blasfemia y la inversión de lo sagrado.

Desde el punto de vista doctrinal, la cuestión es igualmente seria. La blasfemia no es una simple provocación verbal: es una ofensa grave contra Dios y contra las cosas santas. El sacrilegio consiste precisamente en profanar o tratar indignamente aquello que ha sido consagrado al culto divino. Y el escándalo aparece cuando una conducta pública normaliza el mal, banaliza el pecado y acostumbra a las almas a convivir con la irreverencia. Por eso este tipo de actos no son “solo símbolos”, como algunos pretenden hacer creer. Son una ridiculización pública de lo santo y una agresión espiritual que no puede contemplarse con indiferencia.

Además, existe un evidente ángulo cívico y jurídico que no debería ser ignorado. Corresponderá a quien tenga competencia valorar los límites legales del acto concreto, pero resulta evidente que la convocatoria reabre el debate sobre los límites entre la llamada libertad artística y la protección del respeto debido a las creencias religiosas. No todo puede quedar automáticamente legitimado por presentarse bajo la etiqueta de arte, performance o provocación cultural. Cuando la finalidad visible es caricaturizar símbolos, ritos y realidades sagradas, el problema deja de ser solo estético y pasa a ser también moral, social y público.

A esto se añade un temor comprensible entre muchos fieles. En la tradición clásica de la llamada misa negra, se ha señalado con frecuencia la profanación de elementos específicamente católicos. No existe constancia pública de que los organizadores hayan cometido robo o profanación alguna, y no debe afirmarse sin pruebas. Pero precisamente por la naturaleza histórica de estos ritos, muchos creyentes contemplan con lógica alarma la posibilidad de que se intente usar o imitar de forma sacrílega elementos ligados al culto católico. Esa sola posibilidad explica la gravedad con la que numerosos fieles están reaccionando ante la convocatoria.

Lo sucedido pone también de relieve una doble vara de medir cada vez más evidente en nuestra sociedad. Se reclama respeto absoluto para casi cualquier sensibilidad contemporánea, pero cuando el objeto de burla es el catolicismo, cuando lo ridiculizado es Cristo y cuando la ofensa se dirige contra la Eucaristía en plena Semana Santa, entonces se nos pide tolerancia, amplitud de miras y comprensión estética. Esa asimetría moral resulta cada vez más insoportable.

Por todo ello, los católicos no deberían contemplar esta convocatoria con pasividad ni resignación. La respuesta adecuada no es la violencia, ni el insulto, ni la desesperación, sino la oración, la reparación y el testimonio público de fe. Ante una ofensa dirigida contra Nuestro Señor, corresponde redoblar el amor a la Eucaristía, ofrecer rosarios y actos de reparación, y pedir a Dios misericordia para una sociedad que ha perdido cada vez más el sentido de lo sagrado.

Quienes puedan hacerlo, harían bien en rezar en reparación por estas ofensas, especialmente en estos días santos. Porque cuando la blasfemia se organiza, se publicita y se convierte en espectáculo, más necesario es que los fieles respondan con adoración, con firmeza doctrinal y con una defensa clara de la fe.

Lo que se ha anunciado para el próximo 1 de abril en Valencia no es un simple acto alternativo. Es una escenificación pública de la irreverencia contra lo santo, deliberadamente situada en uno de los momentos más sagrados del año cristiano. Y eso merece ser denunciado con claridad.

Catecismo

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