El nacimiento del Señor según San Agustín de Hipona

El nacimiento del Señor según San Agustín de Hipona

El nacimiento del Señor según San Agustín de Hipona:

 

1. Exulten las vírgenes: una virgen dio a luz a Cristo. Mas no piensen que perdió aquélla lo que ellas han consagrado: permaneció virgen después del parto. Exulten las viudas: la viuda Ana reconoció a Cristo, niño sin habla aún. Exulten las casadas: Isabel, casada, profetizó que Jesucristo, el Señor, iba a nacer. Ningún estado ha quedado sin dar testimonio de quien es la salvación de todos. ¿Acaso sólo las vírgenes alcanzan el reino de Dios? Lo alcanzan también las viudas. Grandes fueron los méritos de Ana, aquella viuda santa. Desde su virginidad había vivido siete años con su marido; muerto él, había llegado a la ancianidad, y en su santa vejez esperaba la infancia del Salvador, para verlo pequeño, ya entrada ella en años; para reconocerlo, ya viejecita, y para ver entrar en el mundo al Salvador, ella que estaba a punto de salir de él. También están recomendados los tres estados referidos al sexo masculino. El mismo Cristo nació niño: exulten los niños, consagrando su castidad al niño. El que otorgó la fecundidad a su madre sin quitarle la virginidad hizo, en verdad, sagrada la integridad de la castidad. El anciano Simeón, cuya edad iba pareja con la de Ana, había vivido muchos años, y había recibido la promesa de que no conocería la muerte sin haber visto antes al Cristo del Señor.

2. Comprended, hermanos, cuán grande era el deseo de ver a Cristo que tenían los santos antiguos. Sabían que tenía que venir, y cuantos vivían piadosamente decían: « ¡Oh, si me encontrara aquí su nacimiento! ¡Oh, si lograra ver con mis ojos lo que creo en la Escritura de Dios!» Para que sepáis cuán grande era el deseo de los santos que conocían por la Sagrada Escritura que una virgen daría a luz, como oísteis cuando se leyó Isaías: He aquí que una virgen concebirá y dará a luz un hijo, y se llamará Emmanuel… Qué significa Emmanuel nos lo descubrió el Evangelio al decir que se traduce por «Dios con nosotros». No te resulte extraño, alma incrédula, quienquiera que seas; no te parezca imposible que una virgen dé a luz y permanezca siendo virgen.

Comprende que es Dios quien ha nacido y no te extrañará el parto de una virgen. Por tanto, para que sepáis que los santos y justos de la antigüedad desearon ver lo que se le concedió a este anciano Simeón, nuestro Señor Jesucristo dijo, dirigiéndose a sus discípulos: Muchos justos y profetas quisieron ver lo que vosotros estáis viendo, y no lo vieron, y oír lo que estáis oyendo, y no lo oyeron. Este anciano era mayor ya para oírle, pero estaba maduro para verlo. No esperó a oír hablar a Cristo, porque le reconoció cuando aún no hablaba. Y esto le fue concedido ya en su extrema vejez, como a hombre que deseaba y suspiraba y decía a diario en sus plegarias: «¿Cuándo vendrá? ¿Cuándo nacerá? ¿Cuándo podré verlo? ¿Viviré hasta entonces? ¿Me encontrará aquí? ¿Verán estos ojos míos a aquel que abrirá los ojos del corazón?» Todo esto lo decía en su oración, y en atención a su deseo recibió como respuesta que no gustaría la muerte antes de ver al Cristo del Señor. María, su madre, llevaba al niño aún sin habla; él, anciano, lo vio y lo reconoció. ¿Dónde lo había visto para reconocerlo? ¿O es que se lo reveló dentro quien había nacido fuera? Lo vio y lo reconoció.

Simeón reconoció al niño que no hablaba, mientras los judíos dieron muerte a un hombre maduro que obraba maravillas. Habiéndolo reconocido, lo tomó en sus manos y lo abrazó. Llevaba a aquel por quien era llevado, pues era Cristo, la Sabiduría de Dios, que se extiende poderosa de un extremo al otro y dispone todas las cosas con suavidad. ¡Cuán grande era el que estaba allí! Y, a pesar de ser tan grande, ¡qué pequeño se había hecho! Hecho pequeño, buscaba a los pequeños. ¿Qué significa este buscar a los pequeños? Convocaba no a los soberbios u orgullosos, sino a los humildes y mansos. Se dignó ser colocado en un pesebre para convertirse en vianda para los jumentos piadosos. Simeón lo tomó en sus brazos y dijo: Ahora dejas, Señor, a tu siervo en paz. Me dejas en paz porque veo la paz. ¿Por qué me dejas en paz? Porque mis ojos han visto tu salvación. La salvación de Dios es Jesucristo, el Señor. Anunciad al día del día, su salvación.

3. Así, pues, niños, tenéis a Jesús niño; ancianos santos, tenéis al anciano Simeón. Y, si queréis saber si algún hombre dio testimonio del Señor, considerad a Zacarías. Por tanto, hermanos míos, cristianos fieles, que nadie busque otra cosa: ni la virgen, ni la viuda, ni la casada, ni el niño, ni el célibe, ni el casado. Cualquiera que sea la situación en que alguien quiera encontrarse fuera de las mencionadas, no hallará modo de pertenecer a Cristo. No encontramos que hayan dado testimonio de Cristo los adúlteros, los fornicarios, los impuros.

Y el que los otros dieran testimonio en favor del Señor, él se lo concedió, él se lo donó. Nadie es santo por sus propias fuerzas. Exultemos, pues, amadísimos. En el día de hoy comienzan a crecer los días. Cree en Cristo, y el día crecerá en ti. ¿Has creído ya? Ha amanecido el día. ¿Estás ya bautizado? Cristo ha nacido ya en tu corazón. Pero ¿acaso Cristo permaneció tal cual nació? Creció, llegó a la madurez, pero no declinó a la vejez. Crezca, pues, tu fe, robustézcase, ignore la vejez. Así pertenecerás a Cristo, el Hijo de Dios, la Palabra que estaba al principio junto a Dios, la Palabra que es Dios; pero la Palabra hecha carne para habitar entre nosotros. La majestad se ocultaba donde se mostraba la debilidad. Simeón tomó en sus manos la debilidad, pero reconoció dentro la majestad. Que nadie desprecie al que ha nacido si quiere renacer él. A él le correspondió el nacer por nosotros; a nosotros, el renacer en él.

Texto de San Agustín de Hipona.

 

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