El Padre Alba, el sacerdote que ofreció su vida por la conversión de los judíos
El Padre Alba, el sacerdote que ofreció su vida por la conversión de los judíos
Ayer, 10 de abril, tuve la gracia de asistir al estreno de la película En Busca del Mesías, dirigida por Andrés Garrigó. Un documental que no deja indiferente a nadie, porque toca una de las cuestiones más profundas de nuestra fe: el misterio del pueblo de Israel y su relación con Cristo.
Mientras contemplaba los testimonios de judíos que han reconocido en Jesús al verdadero Mesías, no podía dejar de pensar en un sacerdote español, casi desconocido para el gran público, pero inmenso ante los ojos de Dios: el Padre José María Alba Cereceda.
Un sacerdote que no solo rezó por la conversión de Israel… sino que ofreció su propia vida, su sufrimiento y su muerte por ello.
El Padre Alba nació el 17 de octubre de 1924 en Vargas (Cantabria), aunque pronto su vida quedó vinculada a Barcelona. Ingresó en la Compañía de Jesús el 16 de octubre de 1943 y fue ordenado sacerdote en 1958.
Desde el inicio, su sacerdocio no fue cómodo ni convencional. Fue un hombre de fuego interior, de profunda vida de oración, que entendió desde joven que el sacerdocio no es una carrera, sino una entrega total.
Sus primeros destinos en Orihuela y Palma de Mallorca ya dejaron ver su celo apostólico, pero sería en Barcelona donde desplegaría toda la intensidad de su misión.
Un apóstol en tiempos de confusión
El Padre Alba vivió en una época difícil para la Iglesia, marcada por crisis internas, confusión doctrinal y abandono de la vida espiritual. En ese contexto, respondió con lo único que realmente transforma el mundo: santidad.
Junto a otros sacerdotes fieles al Magisterio, inspirados por el Papa Pablo VI, participó en una verdadera resistencia espiritual frente a lo que el propio pontífice llamó “el humo de Satanás”.
No fue un sacerdote de despacho. Fue un combatiente de la fe.
Fundó asociaciones, impulsó vocaciones, organizó ejercicios espirituales, promovió la adoración nocturna… y, sobre todo, formó almas.
Su vida fue una siembra constante.
El Padre alba en Israel ante el muro de las lamentaciones
En Barcelona fundó un pequeño seminario que muchos, con desprecio, llamaban “el seminario pirata del Padre Alba”. Allí comenzaron a surgir vocaciones jóvenes, llenas de fervor.
Pero cuando Dios bendice, el enemigo ataca.
Las calumnias, las incomprensiones e incluso la persecución desde dentro de la propia Iglesia no tardaron en aparecer. El colegio que había fundado fue destruido. Las vocaciones se dispersaron. Solo unos pocos permanecieron fieles.
¿Se desanimó? Jamás.
Montado en su lambretta, recorría las calles de Barcelona predicando el Evangelio sin rebajas, sin adaptaciones mundanas. Sembraba a tiempo y a destiempo, como el sembrador del Evangelio.
Y Dios bendijo esa fidelidad: más de cien vocaciones nacieron bajo su influencia.
Un padre de almas
El fruto del Padre Alba no se mide en obras materiales, sino en almas transformadas.
Sacerdotes, religiosos, misioneros, familias numerosas, jóvenes entregados a la fe… todo un pueblo espiritual nació bajo su dirección.
Fundó la Unión Seglar de San Antonio María Claret, con un ideal claro y sin ambigüedades:
Jesucristo y María como centro de la vida
Amor a la Iglesia y fidelidad al Papa
Valentía en la confesión de la fe
Espíritu de sacrificio
Deseo de una España plenamente católica
Su espiritualidad no era teórica. Era exigente, concreta, vivida.
El Padre Alba en el Colegio Corazon Inmaculado de Maria de Sentmenat junto a alumnos
La gran ofrenda: su sufrimiento por Israel
Aquí está el núcleo de su santidad.
El Padre Alba no solo predicaba. Ofrecía.
En sus últimos años, enfermo de cáncer, escribió unas palabras que estremecen:
“Ofrezco este cáncer a Dios por la conversión de Rusia, la vuelta de Israel a los brazos del Papa y que España vuelva a ser la Nación misionera…”
Mientras veía En Busca del Mesías, comprendí que este sacerdote ya había entrado en ese misterio profundo del que habla San Pablo: el anhelo de que Israel reconozca a Cristo.
El Padre Alba vivió ese deseo… y lo llevó hasta el extremo.
Ofreció su dolor, su enfermedad y su muerte por ello.
Esto no es teoría.
Esto es santidad.
Muerte de un sacerdote… y nacimiento de un legado
Murió el 11 de enero de 2002 en Sabadell.
Pero algo extraordinario ocurrió.
El personal del hospital quedó impactado: no dejaban de llegar personas —jóvenes, ancianos, familias enteras— para rezar ante su cuerpo.
No era un personaje famoso.
Era un padre espiritual.
Había dado su vida por las almas… y las almas acudían a despedirle.