Eucaristía como sacramento y vínculo de unidad de la Iglesia por San Agustín

Eucaristía como sacramento y vínculo de unidad de la Iglesia por San Agustín

Eucaristía como sacramento y vínculo de unidad de la Iglesia por San Agustín de Hipona, Obispo:

San Agustín insiste de modo particular en la noción de la Eucaristía como sacramento y vínculo de la unidad de la Iglesia. Sobre el bautismo decía: habéis comenzado a estar unidos en Cristo y a formar con él un solo cuerpo; pues bien, no os desvinculéis, comed el vínculo que os une; no os estiméis en poco, bebed vuestro precio. A la manera como se trasforma en vosotros cualquier cosa que coméis o bebéis, trasformaos también vosotros en el cuerpo de Cristo, viviendo en actitud obediente y piadosa.

San Agustín, apoyándose en el Apóstol dice: “vosotros sois el cuerpo de Cristo y sus miembros” (I Cor 12, 27), comenta que comiendo dignamente el pan consagrado y bebiendo dignamente el vino del cáliz se une realmente a Cristo como los miembros a la Cabeza: así también se simbolizó a nosotros Cristo el Señor; quiso que nosotros perteneciéramos a él y consagró en su mesa el misterio de nuestro pan y unidad. El que recibe el misterio de la unidad y no posee el vínculo de la paz, no recibe un misterio para provecho propio sino un testimonio contra sí.

Un importante texto de San Agustín dice: Estáis viendo sobre el altar de Dios, ya lo visteis la pasada noche; pero no se os dijo qué cosa es y qué significa y cuán profundos misterios y enseñanzas esconde. ¿qué veis, pues? Pan y un cáliz; de lo cual salen fiadores vuestros mismos ojos; pero, para ilustración de vuestra fe, os decimos que este pan es el cuerpo de Cristo y el cáliz es su misma sangre. He aquí la verdad en dos palabras, quizá suficientes para la fe; mas la fe requiere conocimiento, desea instruirse; lo dice un  profeta: < no entenderéis si no creyereis>. Ahora podríais decirme: <pues nos ordenas creer, explícanoslo para que lo entendamos .(…) Estas cosas, hermanos míos, llámanse sacramentos precisamente porque una cosa dicen a los ojos y otra a la inteligencia. Lo que ven los ojos tiene apariencias corporales, pero encierra una gracia espiritual. Si queréis entender el cuerpo de Cristo, escuchad al apóstol: < vosotros sois el cuerpo de Cristo y sus miembros>. Si, pues, vosotros sois el cuerpo de Cristo y los miembros de Cristo, lo que está sobre la santa mesa es un símbolo de vosotros mismos, y lo que recibís es vuestro propio símbolo (mysterium). Vosotros mismos lo refrendáis  así al responder: Amén. Se os dice: he aquí el cuerpo de Cristo y vosotros contestáis Amén, así es. Sed, pues, miembros de Cristo para responder con verdad: Amén.

Y ¿por qué bajo las apariencias de pan? No pongamos nada de nuestra cosecha: dígalo el apóstol quien, hablando acerca de este sacramento, escribe: <aunque muchos en número, somos un solo pan, un solo cuerpo>. Entendedlo y regocijaos. ¡Oh unidad!¡oh verdad!¡oh caridad!. Un solo pan. ¿qué pan es éste? Un solo cuerpo. Recordad que un solo pan no se halla formado de un grano solo, sino de muchos. Cuando recibisteis los exorcismos, estabais por así decirlo bajo la muela del molino; cuando recibisteis el bautismo os hicisteis algo así como la pasta, y os coció en cierta manera el fuego del Espíritu Santo. Sed lo que veis y recibid lo que sois. Esto es lo que dijo  el apóstol sobre este pan.

Y respecto al cáliz, aunque no lo dijo, lo dejó entrever. Para formar esta apariencia sensible de pan se ha conglutinado, mediante al agua, la harina de muchos granos, símbolo de lo que decía la Escritura de los primeros fieles: no tenían sino un solo corazón y una sola alma en Dios; así acaece en el vino. Recordad, hermanos cómo se hace. Muchos granos cuelgan,  formando  un un racimo, pero el licor de los granos  se confunde en uno solo.

Tal es el modelo que nos ha dado nuestro señor Jesucristo; así es como quiso unirnos a su persona y consagró sobre su mesa el  misterio simbólico de la paz y unión que debe reinar entre nosotros . Quien recibe el misterio de unidad y no tiene el vínculo de la paz, no recibe un misterio que le aproveche, sino más bien un sacramento que le condena.

 

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