Evangelio del día 17 de agosto 2019

Evangelio del día 17 de agosto 2019

Cita del evangelio del día: Mt 19,13-15

En aquel tiempo, le presentaron a Jesús unos niños para que les impusiera las manos y orase; pero los discípulos les reñían. Mas Jesús les dijo: «Dejad que los niños vengan a mí, y no se lo impidáis porque de los que son como éstos es el Reino de los Cielos». Y, después de imponerles las manos, se fue de allí.

 

Comentario del evangelio del día por San Francisco de Sales:

«Dejad que los niños se acerquen a Mí y no se lo impidáis» Mt 19, 14 Apruebo, de buena gana, que seáis maestra de escuela. Dios lo verá con agrado, pues quiere mucho a los niños y, como decía yo el otro día en el Catecismo, para animar a las Señoras a tener cuidado de sus hijas, los ángeles de los niños aman con un amor particular a quienes los educan en el temor de Dios y vierten en sus almas tiernas esta santa devoción. Y, al contrario, el Señor amenaza a los que los escandalizan, con la venganza de sus ángeles.

Ya veis… ¿Qué más puedo deciros? Vengo de dar catecismo y hemos estado un poco de broma para hacer reír a los chicos, burlándonos de los bailes y los disfraces. Yo estaba de muy buen humor y el gran auditorio que tenía me animaba con sus aplausos a continuar haciéndome niño con los niños. Dicen que lo hago bien y lo creo. Ojalá Dios me hiciera verdaderamente un niño en la sencillez y la inocencia. Pero ¿no es un poco tonto que yo os diga estas cosas? No tengo remedio, os estoy dejando ver mi corazón tal como es, con toda la variedad de sus movimientos, para que, como dice el Apóstol, no penséis de mí más de lo que soy.

Vivid alegre y animosa, mi querida hija. No hay que dudar: Jesucristo es nuestro sí, me lo acaba de contestar una niñita. El es más mío que yo suyo y más que yo mismo soy mío. Voy a tomar, entre mis brazos al dulce Jesús para llevarlo en procesión y le diré el Nunc dimitis, con Simeón; y de verdad, con tal que El esté conmigo, no me preocupa a qué mundos vaya yo.

¡Dios mío, qué deudor me siento para con ese Salvador que tanto nos ama! Y ¡cómo me gustaría, aunque fuera una sola vez, estrecharle contra mi pecho!

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