Florecillas de San Crispín de Viterbo

Florecillas de San Crispín de Viterbo

Florecillas de San Crispín de Viterbo:

Los niños le hacían fiestas y le llamaba «san Crispín»; los de Viterbo reprochaban a los de Orvieto que les hubiesen arrebatado su «santito»; los de Orvieto hablaban de su «san Félix» y de la «religión de fray Crispín». Pero por encima de todo esto estaba su fama de taumaturgo. Efectivamente, dadas las multiplicaciones de vino, harina y pan, y las curaciones y profecías que se le atribuían, fray Crispín era tenido en concepto de milagroso. Pero no lo vamos a seguir por este camino, ya que, aun sabiendo que el milagro es un acto de amor realizado a favor de los hermanos necesitados, terminaríamos alejando de nosotros a fray Crispín, precisamente cuando tratamos de acercarnos a él y penetrar en el significado profundo de su experiencia religiosa y humana.

Examinando atentamente la amplia documentación llegada hasta nosotros, resulta incuestionable que el empeño principal de fray Crispín no consistió en procurar los medios de subsistencia para la pequeña familia que vivía en el convento, sino, más bien, en la solicitud que prodigó a favor de esa otra gran familia formada por los habitantes de Orvieto y de sus alrededores. Es increíble la labor que realizó en el campo asistencial y religioso y a favor de la paz y de la justicia. Nadie queda al margen de su celo: enfermos, pecadores públicos y privados, religiosas, prostitutas, madres solteras, niños abandonados, familias reducidas a la miseria, almas desesperadas por la duda. Para remediar estos y otros males fray Crispín llama a su alforja y a su buen corazón, recurriendo también, cuando es del todo necesario, al milagro. El anecdotario es abundantísimo y confirma ampliamente los testimonios genéricos aportados por los testigos en los procesos. Pero ¿cómo reseñar en tan breve espacio las catorce obras de misericordia corporales y espirituales que fray Crispín ejerció a diario en las largas jornadas de Orvieto?

La visita a los enfermos y encarcelados entraba en las tareas diarias de fray Crispín. Consolaba, y no sólo de palabra, a los unos y a los otros. Se solía prestar mucha atención a lo que le decía a un enfermo. Cuando decía «amigo, has vencido», anunciaba la curación. Si, en cambio, exhortaba diciendo «encomendémonos al Señor», había que prepararse para la muerte. Otras veces era más explícito, como sucedió con un joven «sano, robusto y extravagante». «Amigo -le dijo- no quiero lisonjearte con falsas apariencias…». Pero, de ordinario, predecía la curación, como podía deducirse de su manera de saludar: «Tío Carlos, mañana ya no habrá nada». O también: «Amigo, toma una presa de tabaco…». No pocas veces, sin embargo, fray Crispín llevaba también un auxilio concreto. Hasta para el compañero era un misterio lo bien informado que estaba de los enfermos y de sus necesidades. Una vez el hermano que le acompañaba le oyó decir: «Vayamos a visitar a una viejecita enferma cerca de aquí». Y le llevaba carne, galletas y rosquillas regaladas por las monjas. Cuando enfermaban los frailes, quería que se los trasladasen mejor a la residencia, que a la enfermería de Viterbo; y los cuidaba con la máxima solicitud. Durante mucho tiempo visitó y socorrió a un religioso enfermo de otra orden, tristemente abandonado por los suyos. A las monjas les insistía sobre el cuidado de las hermanas enfermas, y les decía que lo debían anteponer a las mismas prácticas de piedad.

El interés de fray Crispín por los pobres y encarcelados iba mucho más allá de la palabra o del trozo de pan. Especialmente en años de carestía reunió cantidad de grano y otros artículos de primera necesidad en las casas de los señores Francisco Barbareschi, José Piermattei, Bucciosanti y Rosati, para que los distribuyesen a los pobres que el mismo fray Crispín les enviaba provistos de un vale. A veces las limosnas le llegaban de lejos, como por ejemplo del general de los jesuitas. Pero en su mayor parte procedían de los gobernadores y obispos que se sucedieron en Orvieto, y que se servían de fray Crispín como de su camarero secreto. El obispo José de Marsciano, que gobernó la diócesis los años 1734-1754, relató este razonamiento que le hizo fray Crispín: «Señor mío, yo para los frailes me las arreglo de un lado para otro por estos pueblos; pero desearía ayudar también a tantos seglares pobres y a familias en penuria; por eso, si le pluguiese darme lo que fuese para socorrerles, sería gran caridad». Caridad que él ejercía en alto grado desde la puerta de la residencia; ni permitía que nadie se fuese de la portería del convento sin ser atendido.

Sus visitas a la cárcel eran casi diarias; en ellas consolaba a los detenidos, intercedía por ellos y recomendaba a los funcionarios delicadeza y respeto hacia los mismos. De esta manera a muchos encarcelados se les acortaron las penas, mientras que otros, hombres y mujeres, fueron puestos en libertad. A fray Crispín no se le negaba nada que fuera humanamente posible. No bastándole con ofrecer pan, castañas o una ración de tabaco a aquellos desgraciados, comprometió a numerosas familias para que llevaran, por turno, la comida a los encarcelados. Uno de los testigos, después de haber descrito la habilidad que para esto tenía fray Crispín, concluye: «De este modo no les faltaba cada día esta limosna».

Otra plaga de aquel tiempo vino a apremiar la caridad de fray Crispín. Uno de los testigos refiere: cuando «se daba el caso de niños abandonados en la puerta del convento o de la residencia de los capuchinos, como suele suceder con frecuencia, Crispín los recogía, los guardaba con gran caridad durante la noche y los llevaba después, sin avergonzarse, al hospital de Santa María de la Stella, donde suelen ser atendidos». No faltaron situaciones embarazosas, que fray Crispín, con su buen humor, supo convertir en episodios dignos de las «Florecillas». A algunos de estos «expósitos» los siguió después con particular interés cuidando de que aprendiesen algún oficio.

Fray Crispín estaba convencido de que gran parte de las miserias materiales y morales que cada día contemplaba con sus ojos provenían de la injusticia. Por eso él, de ordinario tan apacible, clamaba con fuerza contra el «grave pecado del que defrauda en su salario a los trabajadores». Conminaba a los comerciantes para que fuesen justos. Procuraba que los trabajadores que a veces eran llamados a trabajar en el convento, fuesen tratados bien, de modo que todos «fuesen al trabajo de buena gana». El predicador capuchino padre Ángel Antonio de Viterbo declaró en los procesos cómo fue exhortado por fray Crispín «para hacer también yo lo que él hacía. Me dijo que, cuando topaba con uno de estos defraudadores, se lo echaba en cara». Así lo hizo con un noble que, habiendo caído enfermo, le pedía su curación. Él le dijo que, «si quería la salud del cuerpo, mirase primero por la del alma; y que, cuando pagase lo que debía a sus acreedores y a su servidumbre, entonces él rogaría a María santísima por la salud de su cuerpo».

Con la misma libertad reprendía siempre y en cualquier lugar a los blasfemos. «Dejaba la alforja -declara un testigo-, iba al encuentro del blasfemo y lo corregía severamente».

Como se lo decía un día el profesor padre Luis de Belluno, fray Crispín era «un hermano docto»; porque no sólo había estudiado de joven, sino que leía, meditaba, escuchaba las predicaciones, y, a una inteligencia despierta y vivaz, se añadía en él una memoria indeleble, capaz de repetir a la letra toda una predicación; cosa que solía hacer, sobre todo cuando se trataba de temas de especial interés para la vida cristiana. Tenía conciencia de ser un misionero (había pedido en vano ir entre infieles), especialmente entre los pobres ignorantes. Los párrocos de Orvieto «lo llamaban el apóstol y el misionero» de la montaña. De hecho, en sus recorridos de limosnero por los lugares y aldeas de la región de Orvieto, instruía, especialmente por la tarde, «a los muchachos y a los pobres campesinos en los misterios principales de la fe y en la doctrina cristiana con gran aprovechamiento de aquellos ignorantes, pues les hacía repetir una y otra vez las mismas cosas, hasta que le constase que las habían aprendido». Sus enseñanzas no solamente resultaban amenas, sino que también eran «solicitadas»; los días de fiesta venían «a buscarlo, especialmente los humildes campesinos; y él, sin más», los seguía catequizando.

Pero no eran sólo los campesinos los que venían a llamar a la puerta de la residencia. Un testigo declara en los procesos: «Por cualquier suceso, aun insignificante, que ocurriese en Orvieto, se recurría inmediatamente a fray Crispín». Estos sucesos a los que se refiere el testigo eran pleitos entre hermanos, entre esposos, entre ciudadanos particulares, entre pandillas y entre autoridades civiles y religiosas. Pasando por alto los muchos y curiosos ejemplos que podrían aducirse, aludimos solamente a lo que manifestó el obispo José de Marsciano con lágrimas en los ojos: que «habiéndose marchado fray Crispín, había perdido al pacificador y la paz misma de la ciudad y de la diócesis».

Eran muchísimos los que, de cerca y de lejos, acudían a fray Crispín en busca de consejo, como se suele hacer con el más avezado director de almas. Se quería saber de él hasta qué punto era conveniente un matrimonio y con quién, o cómo solucionar los problemas familiares. Si alguien vivía obsesionado por la idea de la condenación, le decía: «Basta con que observéis los mandamientos de Dios y de la Iglesia para que vayáis al cielo derechos, derechos». A su compañero fray Domingo Canepina, que se imaginaba vivir prisionero en la angosta residencia de Orvieto, oscura y sin aires, y que por este motivo proyectaba pedir ser trasladado a otra parte, le dijo: «¿Qué es lo que pensáis? ¿Qué pensamiento os cruza por la mente? Oh, desechad esas tentaciones, pesares y disgustos y ateneos a la santa obediencia».

Como ha podido verse, a veces aconsejaba y amonestaba sin ser requerido. Y no sólo a los frailes. Una mujer rica de Orvieto, Livia Stellini, refirió que, «sin ningún respeto humano, le dijo muchas cosas sobre su conducta a fin de que se corrigiese…; porque no iría al cielo bailando, danzando y perdiendo el tiempo en vanas conversaciones». Cuando la encontraba por la calle le repetía en alta voz: «Vanidad de vanidades y todo vanidad». Pero aquella mujer, exitosa y casquivana, no se decidía a desprenderse del fasto y de los jóvenes que la cortejaban. A fin de doblegarla le jugó una buena partida. Durante una misión popular se las apañó con el predicador «mañanero» para que llamase de esta forma bajo la ventana de la mujer: «Alma, conviértete hoy, que mañana será tarde». La mujer, tomando aquellas palabras como dichas para ella, se decidió a poner en la puerta a sus amantes. A la mañana siguiente, encontrándola fray Crispín, le dijo: «Está bien, Dios os ha ganado y el diablo os ha perdido». Y el cambio fue radical, pues la mujer, siguiendo los consejos de fray Crispín, comenzó a visitar y socorrer a los enfermos del hospital, entre los cuales se encontraba Orsola Pisana, «cubierta de fétidos males», y Rosa Grepelli, «seducida en la vida».

Fray Crispín visitaba los numerosos monasterios de Orvieto, y no sólo por su oficio de limosnero, sino porque el obispo se servía de él «para poner remedio a las disensiones que surgían en los mismos monasterios». Tenía en la mayor consideración la vida consagrada de aquellas mujeres y orientó más de una vocación hacia el estado monástico. Tuvo ferviente amistad con muchas religiosas, a las que visitó y animó hasta los últimos días de su vida. Sin embargo, en muchas páginas de los procesos aparece en actitud severa y recelosa hacia las que moran en los monasterios. Un testigo manifestaba: «Decía pocas palabras y graves, y a veces las reprendía». Con frecuencia les amonestaba a huir «del ocio de las rejas, pues de ellas no se consigue sino afición al mundo… su mayor abismo».

Nos ha llegado también el eco de las palabras, serenas y clarificadoras, que fray Crispín no temía dirigir a sacerdotes y teólogos. Respondía así al padre Miguel Ángel de Reggio Emilia, predicador apostólico y examinador de obispos: «Amemos, carísimo padre, amemos a Dios con todo el corazón y nos salvaremos». Y al abate Pamilli, que se resistía a aceptar el arciprestazgo de San Epidio: «Poneos en camino e id a trabajar en la viña del Señor, que, salvando las almas de los demás, salvaréis también la vuestra». El párroco de San Venancio, de la diócesis de Orvieto, se mostraba pesimista respecto a la salvación de muchos cristianos. Dudando de su disposición interna, llegaba incluso a negar los sacramentos en el momento de la muerte. Estando una vez en su casa, fray Crispín logró derivar la conversación hacia el angustioso problema; y después de haber escuchado al sacerdote, le rogó que administrase los sacramentos, como era su «obligación», y que no quisiese «saber más, ya que la divina misericordia instituyó los sacramentos y la divina misericordia será su complemento».

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