Fray Crispín el limosnero

Fray Crispín el limosnero

San Crispín el limosnero:

 

Parece ser que a fray Crispín no lo destinaron a Orvieto como limosnero. De hecho, los últimos meses de 1709 estuvo en la huerta del convento. Sólo a principios de 1710 fue a la ciudad a pedir pan, vino y aceite para sus hermanos, cosa que había de seguir haciendo durante treinta y ocho años enteros, no cuarenta, pues deben tenerse en cuenta dos interrupciones, acaecida una en 1715 (cuando su alejamiento a Bassano) y otra en 1744 (cuando estuvo internado en la enfermería de Roma); fue en esta ocasión cuando los capuchinos, puestos ante el dilema de «o fray Crispín o el hambre», se vieron obligados a hacer volver a quien ya los habitantes de Orvieto llamaban «nuestro san Félix». Lo cual demuestra que fray Crispín se había conquistado la simpatía y la veneración del pueblo ya desde su primera salida a la ciudad, y ello tanto por su estilo de vida, como por lo que pedía y lo que daba.

Dada la distancia existente entre el convento y Orvieto, y el camino sumamente dificultoso que debía recorrer, el limosnero disponía de una pequeña residencia dentro de los muros de la ciudad. En tiempo de fray Crispín hubo el ofrecimiento de otra más amplia, que después fue ocupada por los franciscanos reformados; pero él desaconsejó su aceptación para no faltar a la pobreza. Por tanto, la mayor parte del tiempo lo pasaba en medio del pueblo, mezclado con él en las misas, en las predicaciones, en los funerales y en las distintas funciones acostumbradas en las iglesias de la ciudad.

Todos le conocían a él, y él, a su vez, conocía a todos. A todos saludaba con su «adiós, santito», tanto que cada uno se tenía por especial amigo suyo. Esto no obstante, el cardenal Felipe Antonio Gualtieri lo llamaba «el solitario de la ciudad», y no pocas veces sucedía que su compañero le debía tirar del manto para que correspondiese al que le saludaba. Más de un testigo advierte que, a pesar de conocer la vida y milagros de personas y familias, nunca comentaba nada de esto en el convento. Con los frailes era reservado; aún en las recreaciones, «apenas se hacía ver de los demás, decía cualquier palabra de cortesía y después desaparecía rápidamente». El padre Miguel Ángel de Reggio Emilia, que, sin conocerlo, lo había encontrado en la plaza de la catedral, lo calificó de «alegre, pero serio; devoto, pero sin afectación».

Antes de salir del convento cantaba el Ave, maris stella; después, rosario en mano, se dirigía a la limosna, que, de ordinario, no le llevaba mucho tiempo; de hecho le sobraba para visitar enfermos y encarcelados. Le solía decir al compañero: «¿Es que nosotros no debemos hacer algún acto de caridad para con los pobres?».

Como limosnero se sentía en la obligación de procurar las cosas necesarias para los frailes. Por eso, antes de salir de casa, pedía al cocinero le dijese qué se necesitaba en el convento, en la confianza de poder conseguirlo. Y así en la limosna se limitaba a solicitar lo necesario y nada más. Muchas veces se le ofrecía más de lo que demandaba la necesidad. Entonces él, agradeciéndolo, respondía: «Guárdalo, pues ahora no lo necesito; volveré otra vez a recogerlo». Un testigo precisa: «Buscaba lo necesario y nada más. Pero no había nada que se le negase a fray Crispín». A quien, movido de generosidad, le obligaba a aceptar algo, le respondía jocosamente: «¿Es que quieres ir tú sólo al cielo? Da también a los demás la oportunidad de hacer limosna. Cuando tenga necesidad de la tuya te la pediré». Cuando el que le ofrecía limosna vivía en condiciones de penuria, la rehusaba «con buenas maneras», diciéndole que volvería en caso de necesidad.

En el convento fray Crispín tenía una pequeñita huerta en la que cultivaba todo género de verduras para ser después distribuidas en la portería o regalarlas a los bienhechores. Además, en circunstancias especiales, solía invitar a los bienhechores al convento y les trataba con cortesía y jovialidad.

En los procesos para la beatificación se leen otras muchas cosas sobre lo que podríamos llamar el estilo de fray Crispín como limosnero. Así, se le veía caminar con las alforjas al hombro y como oculto debajo de ellas, sin que nunca las cediese al compañero, aunque éste fuese joven y fuerte. Uno de ellos confesará que «ir de compañero de fray Crispín era como salir de recreo». Andaba siempre descalzo y con la cabeza descubierta. En determinadas ocasiones daba también la vuelta por la montaña de Orvieto, naturalmente a pie y cargado de sus inseparables alforjas. Cuando se le ofrecía un refresco respondía jocosamente: «Otra vez será, hoy no es mi día». Pero su día no llegó nunca. Trataba familiarmente hasta con los judíos, de los cuales también recibía limosnas.

(fuente: franciscanos.org)

 

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