La Sagrada Escritura, fuente de la predicación de San Antonio de Padua

La Sagrada Escritura, fuente de la predicación de San Antonio de Padua

Por Mons. Alberto Iniesta.

Con razón, Gregorio IX (1227-41), llamó a San Antonio de Padua «arca del Testamento, y archivo de las Sagradas Escrituras». Y Pío XII, que le declaró Doctor de la Iglesia, le dio el hermoso título de «doctor evangélico». Porque, en efecto, la fuente principal donde bebía y de la que vivía era la Biblia. Sus sermones escritos, eco de su predicación al pueblo, tienen constantemente como base fundamental la Sagrada Escritura, además de las ciencias naturales, como iluminación por analogías y comparaciones con la Palabra de Dios, ya que ambas proceden de la misma palabra divina, en la Creación y en la Redención. El podría decir también como diría poco después Santo Tomás de Aquino, que todo lo que sabía lo había aprendido en los dos libros de la Escritura y de la Creación. Respecto a la primera, en sus Sermones Dominicales y Festivos la cita más de seis mil veces; 3.700, el Antiguo, y 2.400 el Nuevo Testamento, mientras que las citas de la «Glosa» patrística suman tan sólo unas mil veces.

Sin olvidar completamente el sentido literal, cuando lo requiere la ocasión, como predicador que buscaba siempre el provecho espiritual de sus oyentes, San Antonio de Padua insiste en el sentido espiritual de la Escritura, sobre todo, en el cristológico y el moral, y en ocasiones, el escatológico. También cultiva con frecuencia el sentido acomodaticio, más o menos al límite del texto sagrado, con el fin de iluminar la doctrina con ejemplos atrayentes, manteniendo la atención del oyente por medio de comparaciones brillantes, y aplicaciones a las circunstancias que a sus oyentes les resultaban familiares. En un sermón sobre las tentaciones de Jesús en el desierto, cuando el Señor contesta al Diablo que «no sólo de pan vive el hombre», apostilla San Antonio: «Como si dijera: Como el hombre exterior vive del pan material, así el hombre interior vive del pan celestial, que es la Palabra de Dios».

Un aspecto muy significativo de su genio pastoral y su talante didáctico y pedagógico se comprueba en la vinculación de su predicación a las lecturas bíblicas de la liturgia de domingos y festivos de acuerdo con la más genuina tradición de los primeros siglos de la Iglesia, recuperada últimamente gracias al movimiento litúrgico preconciliar, a las orientaciones del Concilio y a las reformas postconciliares, con lo cual San Antonio de Padua se nos presenta a la vez como muy antiguo y muy moderno. Así, en los Sermones Dominicales y Festivos se apoya en el «introito» de la Misa, en la Epístola y el Evangelio, añadiendo además el complemento de la lectura bíblica del Oficio de Lecturas, de la Liturgia de las Horas, unificando así, en perfecta sintonía, la Palabra divina en su doble vertiente de anuncio y cumplimiento, profecía y acción, lectura y sacramento, la luz que ilumina y el pan que fortalece en el camino.

Aun reconociendo, como es lógico, la necesidad indispensable y el servicio inapreciable de las ciencias auxiliares de la Escritura, tampoco podemos olvidar que la clave de interpretación de la Palabra de Dios no puede ser la ciencia, sino la sabiduría, que es lo que busca en último término la interpretación del sentido espiritual de la Escritura. Cada género literario tiene su hermenéutica propia. No se puede interpretar de la misma manera un libro de cocina que otro de historia natural; un «comic» de ciencia-ficción, que un tratado de física; una novela histórica, que una biografía, ni un libro de poemas, como un tratado de filosofía. Interpretar la Sagrada Escritura tan sólo desde el punto de vista literal sería algo así como si leyéramos «Hamlet» o «El Quijote» tan sólo desde el punto de vista de la gramática inglesa o castellana.

La Sagrada Escritura es una obra de conjunto, inspirada por el Espíritu Santo -valga la necesaria e intencionada redundancia- con la colaboración ocasional de varios hagiógrafos «colaboradores», hombres de diferentes personalidades, ambientes y culturas, en épocas diversas y en circunstancias muy distintas. Pero el plan de conjunto pertenece al Espíritu Santo, como autor principal. En una ocasión, hace ya varios años, una emisora madrileña nos pidió a unas cuarenta personas más o menos famosas escribir un capítulo de un relato de ficción. Cada uno escribía su capítulo en función de lo publicado anteriormente, y, como dice la expresión popular, «el que venga detrás, que arree…». A mí me correspondió allá por entre el diez y el veinte, y no sé cómo seguiría el «culebrón», ya que nunca oí ni leí los restantes capítulos, que se publicaron después en un libro de conjunto. Pues algo así podríamos decir que sucedió con la «publicación» de la Biblia, como una obra en «fascículos», que hay que comprar todas las semanas en el kiosco.

Pero es que, además, la Sagrada Escritura es un libro vivo para el camino de la vida, y hay que vivirlo y actualizarlo en cada etapa por los creyentes y las comunidades. ¿Cómo rezaría, por ejemplo, San Pablo los salmos antes y después de su conversión a Cristo en el camino de Damasco? Hoy en día tenemos más y mejores medios que en tiempos de San Antonio para el conocimiento de la Biblia, gracias al ingente trabajo de tantos escrituristas cristianos, tanto católico-romanos como ortodoxos y protestantes. Contamos, además, con muchas ediciones de la Palabra de Dios, acompañadas de muy buenas introducciones y notas, así como abundancia de comentarios generales y de monografías especiales.

Como cristianos y como pastores, debemos servirnos de toda esa riqueza, dentro de las posibilidades de cada uno, para discernir mejor el sentido literal de la Palabra de Dios y sus géneros literarios. Pero no podemos detenernos ahí. Si se me permite la comparación, es algo así como un libro de cocina, cuyos autores no pueden hacer más que animarnos e iniciarnos en la preparación de ciertos platos. Pero a partir de ahí comienza nuestro trabajo personal, preparando, cocinando y, sobre todo, degustando, compartiendo además con otros hermanos y amigos, que es como más sabrosa resulta la comida.

Así, el Espíritu Santo nos ha preparado el Libro por medio de los autores inspirados, y después por tantos beneméritos colaboradores de la Palabra de Dios, desde los filólogos, arqueólogos, historiadores, traductores, exégetas y hermeneutas, hasta los mismos editores, impresores, encuadernadores y distribuidores. Pero el Espíritu Santo, que anima todo ese proceso como desde la «trastienda», continúa en nosotros inspirándonos en la «lectio divina», en la meditación orante y sapiencial, así como en la lectura pública, la explicación y la aplicación de la homilía o del sermón, para que tanto los fieles como los predicadores la interpretemos en la vida, como una obra de teatro a la que escenifican los actores, poniéndole cuerpo, voz, gesto, lágrima y sonrisa a lo que inspiró el autor. De este modo, autor y actores -en este caso, el Espíritu Santo y los cristianos-, seguimos haciendo resonar esa Palabra de Dios escrita, que antes fue palabra hablada en Cristo y los profetas, y vuelve a ser en nosotros palabra hablada y viva entre los hombres.

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1 Comentarioen este Artículo

  1. Domingo ureña Payano

    Muchas gracias por darnos verdadera enseñanza de la historia de nuestros Santos de nuestra iglesia católica. Amén.

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