Carta al Corazón de Jesús de San francisco de Sales
Al Divino Esposo no le agradan sólo las grandes obras de las personas devotas, sino también las más pequeñas y bajas; y, para servirle como le place, hay que cuidarse mucho de servirle bien en las cosas grandes y en las pequeñas y despreciables, ya que podemos, de igual modo tanto con unas como con otras, robarle el corazón por amor.
Prepárate, pues, Filotea, a padecer muchas y grandes aflicciones por el Señor, e incluso el martirio; disponte a darle todo lo de más precio y más querido que tengas, si tuviera a bien tomarlo.
Pero mientras la Divina Providencia no te envía aflicciones tan sensibles y grandes, y no te pide tus ojos, dale al menos tus cabellos: es decir, soporta con dulzura esas pequeñas ofensas, esas pequeñas incomodidades, esas pérdidas de poca importancia que te ocurren a diario. Pues mediante estas pequeñas ocasiones, aprovechadas con amor y dilección, ganarás enteramente su corazón y lo harás todo tuyo.
Estas pequeñas caridades diarias —este dolor de cabeza, este dolor de muelas, esta indisposición, esta manía del marido o de la mujer, esta rotura de un vaso, este desprecio o este gesto, esta pérdida de guantes, de una sortija, de un pañuelo, esta pequeña incomodidad que uno se impone de ir a acostarse temprano y levantarse pronto para orar—, en suma, todos esos pequeños sufrimientos recibidos y abrazados con amor, contentan sobremanera la Bondad Divina.

