Blog sagrado Corazón de Jesús: Jesús en el templo
Después bajó a Cafarnaúm con su madre y sus hermanos y sus discípulos, pero no se quedaron allí muchos días. Se acercaba la Pascua de los judíos y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas en sus puestos. Haciendo un látigo con cuerdas, echó a todos fuera del Templo, con las ovejas y los bueyes; desparramó el dinero de los cambistas y les volcó las mesas; y dijo a los que vendían palomas: “Quiten esto de aquí. No hagan de la Casa de mi Padre una casa de mercado” (Jn 2, 12-16).
A Jesús lo conocemos como el hombre de Nazaret, sin embargo, él, en efecto, creció allí; pero su vida adulta la vivió en otra ciudad: Cafarnaúm; de hecho, sabemos que él se mudó allí. Incluso hay entre los autores sagrados quien dice que se estableció ahí (Mt 4, 13). Cafarnaúm es la ciudad de Jesús. Sabemos que, de hecho, en Cafarnaúm Jesús realizó muchas señales milagrosas, y que, siendo una región cerca del Mar de Galilea, Jesús pasó los años de su predicación cerca de ahí, puesto que la mayor parte de su ministerio lo realizó en la región de Galilea, cerca del lago.
Sorprende que, inmediatamente después del primer milagro de Jesús, el de Caná, Juan evangelista relata los hechos de Jesús, llegando a Jerusalén, para tomar posesión del templo. Se supone que Jesús aún no inicia propiamente su anuncio del evangelio; él aún no se acredita como un profeta poderoso; solo saben de él aquellos discípulos suyos y los sirvientes de la fiesta de bodas, pero no las multitudes. ¿Cómo llega Jesús repentinamente a reclamar el templo como casa de oración, como el lugar del culto a su Padre celestial, sin haber realizado antes alguna señal en Jerusalén? Esto deja ver, de alguna manera, que Jesús sería rechazado y odiado por las autoridades judías desde el principio por este temprano gesto.
Sabemos que se acercaba la Pascua, como dice Juan el evangelista. Esto significa que muchos judíos, venidos de diferentes regiones y hasta de diversos países vecinos, se acercaron a Jerusalén con el propósito de celebrar esta fiesta tan importante, la fiesta de la Alianza. Y Jesús, encolerizado al ver que el templo de Jerusalén estaba lleno de comerciantes, echa a todos afuera.
Puesto que el templo era un lugar de culto público, y que ese culto público tiene que ver con los sacrificios de víctimas rituales, las cuales tienen que ver con los animales que alguien deberá vender cerca del templo. Los vendedores de animales para los sacrificios, se puede decir, eran necesarios, por la sencilla razón de que no todos los hijos de Israel criaban ganado, ni todos los hijos de Israel eran agricultores, pues recordemos que también se ofrecían en el templo de Jerusalén primicias y ofrendas de la tierra.
Por otro lado, tengamos en cuenta que en el templo de Jerusalén no podían entrar monedas extranjeras, por las leyes sobre la pureza, sino solamente monedas judías. Los cambistas eran personas que realizaba una labor necesaria para que el culto sagrado fuera totalmente bien hecho, según las cuestiones legales.
Las palomas y otros animales pequeños también eran ofrecidos en el templo, no solo en Pascua, sino en todo tiempo. Esto significa que todos en el templo de Jerusalén hacían lo necesario, y que, por más que pueda parecer molesto, todo marchaba de manera normal allí. Unos compraban, otros vendían. En nuestros días también podemos ver en los templos personas que venden cosas que, incluso, no tienen nada que ver con el culto divino. Se venden donas, fruta, dulces, antojitos, en general, fuera de los templos. Es cierto que no son cosas que tengan que ver con la religiosidad, pero es una realidad inobjetable que donde quiera que hay gente el comerciante ve clientela o clientes potenciales. Habrá alguien que desee comprar lo que el comerciante ofrece. El templo de Jerusalén no era, en ese sentido, diferente de los nuestros en la actualidad. Es probable que hubiese otros que vendieran comida, agua, vino o antojitos Israelitas, pero no es lo que dice el evangelista, sino solamente que Jesús llegó a echar fuera a los vendedores de bueyes, ovejas, palomas y a los cambistas. Todo esto eran elementos necesarios absolutamente para el culto que se celebraba en el templo.
Es probable que seguramente se vendieran en ese lugar otras cosas, como alimentos, puesto que mucha gente venía de las diferentes ciudades y poblados, lo mismo galileos que judíos de Jerusalén y de otras provincias y hasta países, y que necesitaban también alimentarse, por ello, no podemos dudar que, además de los vendedores de cosas y animales destinados al culto, hubiera otros vendedores que realizaban una importante labor.
Pero Jesús no vino a volcar las mesas de los que vendieran comida o bebida, sino solamente de los que vendían cosas útiles para los ritos sagrados. Es probable que Jesús estuviera irritado precisamente porque el culto que se ofrecía en aquel lugar se había convertido en algo meramente simbólico, pues se había dejado de lado algo de suma importancia: la Alianza del pueblo con Dios. Esta Alianza tenía que ver absolutamente con la justicia, la santidad, la misericordia. Con cuánta razón Jesús dijo también alguna vez: “vayan a averiguar lo que significa yo quiero misericordia y no sacrificios”. Es que la gloria de Dios tiene que ver con la práctica de la misericordia, no solo con lo ritual.
El Catecismo de la Iglesia Católica contiene cuatro partes, en las cuales se puede percibir el verdadero culto a Dios que tiene que ver con cuatro cosas fundamentales, esto es: lo que se cree, lo que se celebra, lo que se practica, lo que se ora. Y estas cuatro partes enseñan detalladamente todo esto. Lo que se cree: que es lo doctrinal, expuesto de manera clara, concreta y profunda. La segunda, lo que se celebra, está dedicada precisamente al culto divino, que surge y se nutre de la revelación, esto es, de las verdades que se creen, de lo doctrinal. La tercera parte es sobre la ética cristiana, uno no puede creer algo, llenarse la cabeza de verdades solamente intelectuales. Las verdades de fe se celebran y se viven. La cuarta parte se trata de la oración del cristiano.
Y todas estas cosas contenidas en el Catecismo expresan fielmente lo que significa ser cristiano, lo que significa ser Iglesia. No se trata solamente de celebrar cosas rituales. No se trata tampoco de conocer las verdades de la fe y de la revelación. Tampoco consiste la fe solamente en prácticas devocionales y en conductas aprendidas. Ser Iglesia, ser cristiano, no es tampoco solamente el aprendizaje de rezos que se repiten todo el tiempo sin cesar, pero desconectados del resto de las otras verdades.
La fe es algo que integra todas estas cosas que el Catecismo enseña: la revelación, la celebración, la moral cristiana (que incluye la caridad, la misericordia, la justicia), y la oración. Todo esto se debe vivir de manera integral, de lo contrario, nos convertimos en algo parecido a aquello que encontró Jesús en Jerusalén: mucha religiosidad y poca fe. Muchas prácticas religiosas, pero poca profundidad y compromiso con su Dios.
Y cuando Jesús echó fuera a los vendedores solo lo hizo con quienes se aprovechaban de la necesidad de los fieles con respecto al culto con la intención de vender sus productos; y no sabemos con qué condiciones, ni si sus costos eran justos; por lo demás, sabemos que donde se manejan dineros se mueven intereses e injusticias. Con dinero se podía comprar un cordero y llevarlo a sacrificar, pero no se puede comprar a Dios, ni la gracia. El dinero es el símbolo de la codicia y de muchas injusticias. Jesús defiende los intereses divinos de la Casa de su Padre, que es casa de oración, lugar de encuentro, lugar del amor de Dios.

