• 26/09/2026

Blog del Sagrado Corazón de Jesús: La primera señal

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Blog del Sagrado Corazón de Jesús

La primera señal

Tres días después se celebraba una boda en Caná de Galilea y estaba allí la madre de Jesús. Fue invitado también a la boda Jesús con sus discípulos. Y, como faltara vino, porque se había acabado el vino de la boda, le dice a Jesús su madre: “No tienen vino”. Jesús le responde: “¿Qué tengo yo contigo, mujer? Todavía no ha llegado mi hora”. Dice su madre a los sirvientes: “Hagan lo que él les diga”. Había allí seis tinajas de piedra, puestas para las purificaciones de los judíos, de dos o tres medidas cada una. Les dice Jesús: “Llenen las tinajas de agua”. Y las llenaron hasta arriba. “Sáquenlo ahora, les dice, y llévenlo al maestresala”. Ellos lo llevaron. Cuando el maestresala probó el agua convertida en vino, como ignoraba de dónde era (los sirvientes, los que habían sacado el agua, sí que lo sabían), llama el maestresala al novio y le dice: “Todos sirven primero el vino bueno y cuando ya están bebidos, el inferior. Pero tú has guardado el vino bueno hasta ahora”. Así, en Caná de Galilea, dio Jesús comienzo a sus señales. Y manifestó su gloria, y creyeron en él sus discípulos (Jn 2, 1-11).

El primer milagro que hizo Jesús públicamente fue convertir el agua en vino. Lo realizó en unas bodas. El Señor cambió la naturaleza de una cosa por otra. Uno puede, con ingenio, convertir el agua en limonada, en paleta de hielo, en coca cola o en helado. Pero la base sigue siendo el agua como nos la da la naturaleza. Con algo de trabajo podemos lograr transformarla en otra cosa, pero en realidad solo le añadimos algo al agua. Sigue siendo agua. Agua de algo; algo con agua.

Transformar el agua en vino es algo diferente. En primer lugar, el vino no se hace con agua, sino solamente con uvas y un proceso de fermentación y destilación. Y, aunque el vino contiene agua, no se trata de agua de uva, sino del jugo de la uva tratado de manera especial para transformarlo en vino. Porque no es lo mismo el jugo de uva que el vino, de la misma manera que no es lo mismo la caña que el aguardiente o el ron.

Se puede hacer vino de muchísimos frutos de la tierra. Pero no se puede transformar el agua en vino. Es cierto que hay fabricantes de vino “pirata”, copia de vino; eso no es vino, por lo tanto, no entra en estas categorías de transformación de la materia. Y Jesús transformó la materia, pero sin hacer ningún proceso, sino con solamente dar una orden: llenen de agua esas tinajas. Y una orden más: saquen un poco y llévenlo al mayordomo de la fiesta. Lo hace con su sola palabra. Ni siquiera dijo algunas palabras que declararan que el agua se transformaba en vino. Solamente pidió que fueran llenados los recipientes y luego pidió que sacaran un poquito.

Y Jesús transformó el agua en vino. Pero no solo eso. También hizo que ese vino fuera bueno. El mejor vino que pudieran probar aquellos invitados. El vino mejor. Claro, la procedencia de ese vino era celestial; ese vino lo hizo aquel que creó las uvas. ¡Cómo no sería tan bueno aquel vino si fue creado en un momento! no fue elaborado, porque eso lleva mucho tiempo. Fue creado en ese mismo instante por Jesús. En efecto, cuando Dios creó las uvas, debieron ser maravillosas; uvas vírgenes, frescas, brillantes, dulces. Las primeras uvas de la historia. El destino de las uvas es, finalmente, el vino; de hecho, la palabra vino debe su nombre a la uva: el fruto de la vid. El vino es fruto de la vid, la planta de las uvas. No se le debiera llamar vino a cualquier bebida. Hoy, de manera genérica, se le llama vino a casi cualquier bebida que contenga albohol o a cualquier bebida fermentada o destilada. Es cierto que hay algunas excepciones, pues, por ejemplo, algunas bebidas siguen teniendo el honor de ser llamadas por el fruto de que están hechas. Solo se le llama ron al aguardiente de caña; y también se le llama caña. Solo se le llama mezcal al que está hecho de mezcal (un maguey o agave). Solo se le llama “jobito”, a la bebida que está hecha de jobo, un fruto de la región huasteca, en México. Pero dejemos esto. Digamos solamente que aquel vino de las bodas de Caná debió ser algo parecido a la creación de la uva; si el Señor pudo crear uvas con su palabra en el principio, de la misma manera pudo crear vino con su palabra en la plenitud de los tiempos. Y si bien las tinajas tenían agua, nada impide que esa agua haya sido reemplazada por el fruto de la vid, con el solo deseo de Jesús de que así ocurriera.

Jesús es un verdadero artista de la transformación. Aquella ocasión cambió el agua en vino. Pero también con su sola palabra, con su solo deseo, con su sola voluntad, él curaba a los enfermos. Les daba la vista a los ciegos; era como crearlos nuevamente, dándoles aquello de que carecían. Ningún ser humano debería carecer de vista. Y así lo mismo podremos decir de los demás milagros de curación. Jesús transformaba a aquellos que sufrían en su cuerpo; él daba nueva vida a los que habían muerto, con su sola palabra. Jesús hacía que los poseídos por los espíritus impuros quedaran libres. Los leprosos quedaban limpios. Pero, sobre todo, Jesús quita el pecado del mundo. Hace que el hombre pecador pueda recuperar su condición de inocencia. Y no solo eso, también da poder a los apóstoles, a los hombres, para que, en su nombre, perdonen los pecados de sus hermanos. Jesús transforma al pecador en santo. Cuando Jesús alimenta a las multitudes, también lo hace con su sola palabra, con su solo deseo, con su voluntad poderosa. Él bendice al Padre eterno, y hace bajar pan del cielo, hace que las canastas se llenen. Hace, incluso, que se llenen muchos canastos con las sobras, para que no se desperdicie nada. Se puede decir que Jesús crea los panes.

Y este milagro, que es la primera de sus señales milagrosas, es hecho a petición de María, su madre. Ella es bondadosa. Cuando le dice a Jesús que no tienen vino, no lo hace a manera de murmuración, no lo hace solo por hablar. Es toda una sugerencia de ella hacia su hijo. Ella, seguramente, le ha enseñado a Jesús a ser generoso, a dar, a no dejar a los pobres ir vacíos. Ella le sugiere a su hijo que haga algo por esta gente, que no los deje tristes, sin una copa de vino feliz. Esto parece ser así, justamente por lo que Jesús le responde a su madre: “¿Y qué tenemos nosotros que ver con eso?” Sin embargo, él ayuda a los novios para que no falte el vino en su boda. Él hizo caso a su madre. Y con esta obediencia santa, él llevó la alegría a los asistentes a aquella boda.

María, además de sugerir a su hijo Jesús que ayudase con el vino, dice a los sirvientes que hagan lo que él les diga. Ella sabe que su hijo no se negará. Ella confía en que él sabrá qué hacer. ¿María tenía conocimiento de que Jesús podría ya hacer esto, e iniciar así su ministerio profético? Probablemente sí. O bien, ella solamente confiaba, recordando al arcángel que la hubo visitado hacía como treinta años para decirle que tendría un hijo, el hijo del Altísimo. Como sea, parece que María influye en el inicio de la buena nueva que anunciará Jesús desde aquel día, comenzando, no con palabras, sino con ese gesto maravilloso de alegrar con vino dulce aquella boda.

El evangelio nos enseña que María intercede, que a María le interesa todo de nosotros. Aprendemos de María a hacer siempre el bien, a buscar la manera de ayudar, en dondequiera que estemos.

De María aprendemos también a confiar en el poder de Cristo. Ella sabe que su hijo no falla. Las palabras de María: “hagan lo que él les diga”, son toda una enseñanza. Estas palabras hablan de la confianza en el poder absoluto de Jesús. Lo que diga Jesús siempre es bueno. Lo que diga Jesús es poderoso. Lo que diga Jesús es siempre lo correcto. Si se hace lo que dice Jesús todo sale bien. Jesús mismo, antes de dar la vida por todos, también les dice a sus discípulos: “ustedes sin mis amigos, si hacen lo que yo les mando” (Jn 15, 14); y les mandó: “ámense los unos a los otros como yo los he amado” (Jn 15, 17). Y esa misma noche, la noche de la Cena Eucarística, hizo un milagro muy parecido al primero. Aquella noche, la noche de la ultima cena, también cambió la naturaleza de las cosas. Si bien en Caná cambió el agua en vino, allá en Jerusalén cambió el vino y lo transformó en su sangre. Así que, el primer milagro de Jesús es con vino, mientras que el milagro de milagros, es cambiar el pan y convertirlo en su cuerpo, a la vez que al vino lo convierte en su sangre. Y no solo eso, sino que da poder a los hombres, sus apóstoles, para hacer esto mismo, en conmemoración suya, y hasta que vuelva.

Artículo escrito por el padre Pacco Magaña, que fielmente escribe desde hace años estos
artículos que van dentro de la categoría del blog del Sagrado Corazón de Jesús.
El padre es sacerdote de la GdH de SLP, Mex.

Sagrado Corazón de Jesús en vos confío.

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