De la Bula Rex regum, del papa Sixto V en la canonización de san Diego de Alcalá

De la Bula Rex regum, del papa Sixto V en la canonización de san Diego de Alcalá

De la Bula Rex regum, de Sixto V, papa, en la canonización de san Diego de Alcalá
(Proemium, 1 y 2: Bullarium Romanorum Pontificum, ab anno 1588 ad 1593, Romae 1751, pp. 5-13)

Ha escogido Dios más bien lo necio del mundo, para confundir a los sabios

Cristo, Rey de reyes desde el principio, se hizo hombre al llegar la plenitud de los tiempos, tomando condición de siervo para salvar a toda criatura, y constituyó su Iglesia, la amó entrañablemente, y la conquistó para sí con su sangre preciosa, fundándola sobre el bienaventurado Pedro, príncipe de los apóstoles, piedra firme, fundamento inconmovible, que desde los orígenes del cristianismo hasta la consumación de los siglos continuará en auge, pero encarnada en los mismos avatares de la historia humana.

Ni lo necio del mundo ni la prudencia humana podrán comprender esta obra consumada de la sabiduría de Dios, y ante ella la sagacidad y soberbia del maligno se estrellarán siempre; porque se escogió para gobernarla a hombres ignorantes, sin renombre ni brillantez, carentes de poderío humano y de influencia, es decir, contó con las piedras que desecharon los constructores; y, sin embargo, tanta es su belleza, tan dilatada su misión, tan sólido su fundamento, y tan encumbrado el edificio, que las puertas del infierno se estremecen y tiemblan ante su consistencia y solidez.

Los designios de Dios no son los de los hombres, ni tampoco su trayectoria. Dice Pablo: No hay en vuestra asamblea muchos sabios en lo humano, ni muchos poderosos, ni muchos aristócratas, todo lo contrario, Dios ha escogido la gente baja del mundo, lo que no cuenta, para anular a lo que cuenta, de modo que nadie pueda gloriarse en presencia del Señor. Así, Dios todopoderoso, mediante el escándalo de la cruz y la necedad de la predicación, salvó a los que creen; así también, desde los principios de la  Iglesia, con la sobria elocuencia de los apóstoles, con la valerosa insuficiencia de los mártires, confundió la sabiduría griega, hundió el poderío de los gentiles y los humilló; así, finalmente, con el poder de su brazo derriba del trono a los poderosos y enaltece a sus santos.

Un ejemplo vivo es el humilde siervo de Dios Diego de Alcalá, hijo de la gran familia de los Frailes Menores de nuestro Padre San Francisco, nacido el siglo pasado en España, y cuyo recuerdo aún se conserva fresco en la memoria de nuestros progenitores. Este varón santo despreció toda sabiduría humana, como lo hicieron los primeros maestros y príncipes de la Iglesia, y se desprendió de toda riqueza perecedera, escogiendo libremente la necedad del mundo y profesando en su Orden de hermano lego, para demostrar la abundancia de la gracia de Dios; por su vida admirable de santidad, y con su ejemplo, condujo a muchos por el camino seguro de la salvación, y despertó las conciencias de quienes vivían el sueño de este decrépito y aletargado mundo, pues lo necio de Dios es más sabio que los hombres, y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres.

Por ello, Dios, Padre de bondad, el único que hace maravillas, quiso ensalzar la humildad y pequeñez de su siervo Diego de Alcalá, colmándole de gracias y virtudes, encendiendo en su alma el fuego ardiente del Espíritu; y por su intercesión, multiplicó los prodigios, los signos, los milagros, y el poder sobre el dolor y la enfermedad, tanto durante su vida como después de muerto, extendiendo su nombre glorioso más allá de los confines de la patria que le vio nacer.

 

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