El amor a la divina comunión de Santa Clara de Asís

El amor a la divina comunión de Santa Clara de Asís

El fervor de Clara respecto del banquete eucarístico confirma lo que refiere sor Bienvenida de Perusa: «Madonna Clara se confesaba frecuentemente, y con gran devoción y temblor recibía el santo sacramento del Cuerpo de nuestro Señor Jesucristo, hasta el extremo de que, cuando lo recibía, temblaba toda» (Proceso 2,11).

Acostumbrados a pensar, desde los decretos de Pío X, en la recepción diaria de la eucaristía, la palabra «frecuentemente» o «con frecuencia» nos resulta extraña. Encuadrada en su contexto histórico, revela, por el contrario, una frecuencia poco común.

En el siglo XIII, a la vez que progresa rápidamente el culto de Cristo presente en el Santísimo Sacramento, se constata un «enfriamiento casi general en la frecuentación de la Eucaristía». Los Pastores, los Concilios se ven obligados a intervenir para que los fieles se acerquen al banquete eucarístico en las fiestas de Pascua, Pentecostés, Navidad; por lo menos, una vez al año.

Si, a pesar de todo, los seglares no iban mucho más lejos, el caso de las religiosas era algo distinto. ¿De dónde provenía esta actitud de reserva del pueblo respecto a la Eucaristía? «El temor, la obligación (nueva entonces) de la confesión previa, la exigencia de continencia para las personas casadas habían reducido prácticamente la participación eucarística de los laicos al viático de los moribundos» (R. Beraudy). Aparte un temor respetuoso que acompañaba a su amor a Cristo, ninguno de estos motivos podía poner dificultades a las contemplativas. Las diversas Reglas que profesan obligan a algunas comuniones. Se trata de un mínimo que no excluye una participación más asidua. Aunque ésta se dejase al juicio de los confesores y de las superioras, las religiosas tendían de hecho a comulgar mucho más frecuentemente. Tal es la conclusión del P. Browe en un estudio sobre el tema: «La frecuencia de las comuniones se basaba en primer lugar en la Regla de la Orden a la cual pertenecían las religiosas. Las religiosas comulgaban al menos cuantas veces lo prescribía la propia Regla»; pero también es cierto que a menudo no se limitaban a ello. Por ejemplo, las cistercienses, cuyas Ordenaciones capitulares del Capítulo general de 1260 prescribían siete comuniones al año, podían comulgar más frecuentemente si el Visitador lo juzgaba oportuno. Ellas no se privaban de tal posibilidad: «En numerosos conventos las religiosas comulgaban cada dos domingos». La Regla de Isabel, en cuya elaboración colaboró san Buenaventura, aprobada por Urbano IV en 1263 para el monasterio de clarisas de Longchamp, prevé la comunión dos veces al mes, e incluso todos los domingos durante el adviento y la cuaresma. En el norte de Italia, en particular, las religiosas de clausura recibían con frecuencia el Cuerpo de Cristo. La mayor parte de las grandes místicas contemporáneas eran invitadas a ello por el mismo Cristo: las santas Matilde, Gertrudis, Ángela de Foligno, Margarita de Cortona; se puede citar también, por su influencia en este sentido, a María de Oignies ( 1213); su influjo alcanzó a santa Juliana de Montcornillon cuyo cometido fue decisivo en el progreso de la devoción eucarística.

El amor lleno de ternura a Cristo en su humanidad, base de la espiritualidad sobre todo a partir de san Bernardo y que alcanza su vértice con Francisco y Clara de Asís, debía hacer a estos últimos ávidos del encuentro con el «pan sagrado» en el cual se muestra ahora a nuestros ojos, pues «de esta manera está siempre el Señor con sus fieles» (Adm 1,19-22).

La Regla de santa Clara prescribe la comunión siete veces al año, en las fiestas de Navidad, Jueves Santo, Pascua, Pentecostés, Asunción, san Francisco, Todos los Santos (RCl 3). Algunos historiadores creen que este texto es una ley restrictiva. Todo induce a pensar que se trata -al igual que en el caso de la Regla cisterciense- de definir los días en los cuales se imponía a todas las religiosas la obligación de comulgar, sin excluir una mayor asiduidad; como también el concilio IV de Letrán, cuando obligó a la participación anual de la eucaristía, no quiso excluir el hacerlo más veces.

Hay, por otra parte, más de un testimonio sobre la práctica franciscana de la época. No se refieren directamente a las clarisas, pero revelan una orientación a la cual las clarisas no podían substraerse. Francisco comulgaba «con frecuencia» (LM 9,2; 2 Cel 201), tal vez cada semana o incluso cada día, si nos atenemos a la Carta a los clérigos: «… lo tocamos y tomamos diariamente por nuestra boca» (CtaCle 8). Fray Gil ( 1263), conocido de Clara, comulgaba cada semana y en las principales fiestas. Conocemos la asiduidad en la participación en el banquete eucarístico, en una época más tardía, pero muy próxima, de santa Margarita de Cortona ( 1279) y de santa Angela de Foligno ( 1309).

Más interesante aún es el caso de la beata Humiliana de Cerchi ( 1246). Tras quedar viuda, ingresó en la Tercera Orden en Florencia. Comulgaba todos los sábados. Ahora bien, Inés, hermana de Clara, era en esa época abadesa del monasterio de clarisas de dicha ciudad. Estas no debían ignorar el caso. Puede pensarse, pues, que Inés y sus hermanas intentaran obtener el mismo privilegio, si es que no lo tenían ya. Y Asís no estaba lejos de Florencia: entre los dos monasterios existían relaciones cordiales.

En este clima franciscano de devoción al Cuerpo de Cristo, Clara, enardecida de amor a su Señor y deseosa de permanecer en plena armonía con la primera Orden, debió comprometerse con entusiasmo en este movimiento que arrastraba a la comunión frecuente.

Lejos de obstaculizarla, los Doctores y los Papas eran favorables a la comunión frecuente, diaria incluso. San Buenaventura la recomienda a todos aquellos cuya alma es pura y cuya caridad es ardiente. Alejandro de Halés y santo Tomás comparten esta opinión que es común a los teólogos contemporáneos. En la Regula novitiorum, Buenaventura aconseja a los novicios la comunión semanal. En todos los tiempos, sin duda alguna, las presiones sociológicas tienen un extremo influjo sobre las personas. Y la práctica eucarística era rara en el siglo XIII. Clara pudo ser también parcialmente víctima de tales presiones. Sin embargo, su poderosa personalidad, que no tenía miedo de ninguna iniciativa legítima, no podía dejarse esclavizar en este punto que debió ser muy importante para ella. El mismo Papa Inocencio III, con quien estuvo relacionada Clara (LCl 14), plantea la cuestión de la comunión diaria. Concluye invitando a que cada cual obre según conciencia: «Algunos dicen que hay que comulgar cada día; otros que no. Que cada cual haga lo que, en su piedad, juzgue bueno hacer».

Según estos maestros, el único obstáculo verdadero para la participación muy frecuente en el banquete del Señor era el pecado grave. Clara no podía tropezar en él. Siendo, además, tan dócil a la enseñanza de la Iglesia, particularmente en materia de sacramentos, no pudo menos de sentirse impulsada en su deseo por la doctrina de dichos maestros.

Tal vez no sabremos nunca qué quería decir exactamente sor Bienvenida cuando declaró en el Proceso que la santa Clara comulgaba «frecuentemente». Los pocos indicios aquí aducidos bastan para refutar la hipótesis de sólo siete comuniones al año. Si bien estos indicios no fundamentan una certeza positiva, nos proporcionan un dato de referencia a la práctica seguida por otras contemplativas: una vez cada quince días o incluso cada semana. No se puede rechazar a priori la hipótesis de que Clara y las hermanas de San Damián siguieran una práctica parecida.

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