El retorno al evangelio

El retorno al evangelio

El retorno al evangelio por Rainero Cantalamessa:

¿Si no quiso ser un reformador, entonces qué quiso ser y hacer Francisco? También a este respecto tenemos por fortuna el testimonio directo del Santo en su Testamento:

«Y después que el Señor me dio hermanos, nadie me mostraba qué debía hacer, sino que el Altísimo mismo me reveló que debía vivir según la forma del santo Evangelio. Y yo lo hice escribir en pocas palabras y sencillamente y el señor papa me lo confirmó» (Test 14-15).

Alude al momento en que, durante una misa, escuchó el pasaje del Evangelio donde Jesús envía a sus discípulos: «Los envió a anunciar el reino de Dios y a curar a los enfermos. Y les dijo: “No llevéis nada para el viaje: ni bastón, ni bolsa, ni pan, ni dinero, y no tengáis una túnica de recambio”» (Lc 9,2-3; cf. TC 29; 1 Cel 22). Fue una revelación fulgurante de esas que orientan toda una vida. Desde aquel día le fue clara su misión: un vuelta sencilla y radical al evangelio real, el que vivió y predicó Jesús. Restablecer en el mundo la forma y el estilo de vida de Jesús y de los apóstoles descrito en los evangelios. Al escribir la Regla para sus hermanos comenzará así:

«La regla y vida de los Hermanos Menores es ésta, a saber, guardar el santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo» (2 R 1,1).

Francisco no teorizó este descubrimiento suyo, haciendo de él el programa para la reforma de la iglesia. Él realizó en sí la reforma y con ello indicó tácitamente a la iglesia la vía única para salir de la crisis: acercarse de nuevo al Evangelio, acercarse de nuevo a los hombres y en particular a los humildes y a los pobres.

Este retorno al Evangelio se refleja sobre todo en la predicación de Francisco. Es sorprendente, pero todos lo han notado: el Pobrecillo habla casi siempre de “hacer penitencia”. «Desde entonces -narra Celano- comenzó a predicar a todos la penitencia con gran fervor de espíritu y gozo de su alma, edificando a los oyentes con palabra sencilla y corazón generoso» (1 Cel 23). Dondequiera que iba, Francisco decía, recomendaba, suplicaba que hicieran penitencia (cf. TC 33-34; AP 18).

¿Qué quería decir Francisco con esta palabra que tanto amaba? A este propósito hemos caído (al menos yo he caído por mucho tiempo) en un error. Hemos reducido el mensaje de Francisco a una simple exhortación moral, a un golpearse el pecho, a afligirse y mortificarse para expiar los pecados, mientras ese mensaje tiene toda la novedad y el amplio aliento del Evangelio de Cristo. Francisco no exhortaba a hacer “penitencias”, sino a hacer “penitencia” (¡en singular!), que, como veremos, es muy otra cosa.

El Pobrecillo, salvo los pocos casos que conocemos, escribía en latín. ¿Y qué encontramos en el texto latino de su Testamento cuando escribe: «El Señor me dio de esta manera a mí, hermano Francisco, el comenzar a hacer penitencia»? Encontramos la expresión “poenitentiam agere“. Él amaba, como se sabe, expresarse con las mismas palabras de Jesús. Y aquella palabra -hacer penitencia- es la palabra con la que Jesús comenzó a predicar y que repetía en cada ciudad y pueblo al que iba: «Después de que Juan fue entregado, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios; decía: “Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio» (Mc 1,14-15).

La palabra que hoy se traduce por “convertíos” o “arrepentíos”, en el texto de la Vulgata usado por el Pobrecillo sonaba “poenitemini“, y en Hechos 2,37 aún más literalmente “poenitentiam agite“, haced penitencia. Francisco no hizo más que relanzar la gran llamada a la conversión con la que se abren la predicación de Jesús en el Evangelio y la de los apóstoles el día de Pentecostés.

Francisco hizo en su tiempo lo que en tiempo del Concilio Vaticano II se entendía con la frase “abatir los bastiones”: romper el aislamiento de la iglesia, llevarla de nuevo al contacto con la gente. Uno de los factores del oscurecimiento del Evangelio era la transformación de la autoridad entendida como servicio, en autoridad entendida como poder que había producido infinitos conflictos dentro y fuera de la Iglesia. Francisco, por su parte, resuelve el problema en sentido evangélico. En su orden, novedad absoluta, los superiores se llamarán ministros, es decir, siervos, y todos los demás, frailes, o sea hermanos.

Otro muro de separación entre la Iglesia y el pueblo era la ciencia y la cultura, de las que el clero y los monjes tenían en la práctica el monopolio. Francisco lo sabe y por eso toma la drástica posición que sabemos sobre este punto. Él no está contra la ciencia-conocimiento, sino contra la ciencia-poder, aquella que privilegia a quien sabe leer sobre quien no sabe leer, y le permite mandar con altanaría al hermano: «¡Tráeme mi breviario!» (cf. LP 104). Durante el famoso capítulo de las esteras, a algunos de sus hermanos que querían empujarlo a adecuarse a la actitud de las “órdenes” cultas del tiempo, respondió con palabras de fuego que dejaron a los frailes asustados:

«Hermanos míos, hermanos míos, Dios me llamó a caminar por la vía de la simplicidad. No quiero que me mencionéis regla alguna, ni la de San Agustín, ni la de San Bernardo, ni la de San Benito. El Señor me dijo que quería hacer de mí un nuevo loco en el mundo, y el Señor no quiso llevarnos por otra sabiduría que ésta. De vuestra ciencia y saber se servirá Dios para confundiros…» (LP 18).

Siempre la misma actitud coherente. Quiere para sí y para sus hermanos la pobreza más rígida, pero en la Regla les exhorta a «que no desprecien ni juzguen a los hombres que ven vestidos de telas suaves y de colores, usar manjares y bebidas delicadas, sino más bien que cada uno se juzgue y desprecie a sí mismo» (2 R 2,17). Elige ser un iletrado, pero no condena la ciencia. Una vez seguro de que la ciencia no extinguirá «el espíritu de la santa oración y devoción», será él mismo el que permita a san Antonio que se dedique a la enseñanza de la teología, y san Buenaventura no creerá que traiciona el espíritu del fundador al abrir la orden a los estudios en las grandes universidades.

Yves Congar ve en esto una de las condiciones esenciales de la “verdadera reforma” en la Iglesia, a saber, la reforma que se mantiene como tal y no se transforma en cisma: lo que significa la capacidad de no absolutizar la propia intuición, sino permanecer solidario con el todo que es la Iglesia.[3] La convicción de que “el todo es superior a la parte”, como dice el papa Francisco en su reciente exhortación apostólica Evangelii gaudium.

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