La humildad como verdad

La humildad como verdad

Por Raniero Cantalamessa OFMCap

La humildad de Francisco tiene dos fuentes de iluminación, una de naturaleza teológica y otra de naturaleza cristológica. Reflexionemos sobre la primera. En la Biblia encontramos actos de humildad que no parten del hombre, de la consideración de la propia miseria o del propio pecado, sino que tienen como única razón a Dios y su santidad. Tal es la exclamación de Isaías: «Soy un hombre de labios impuros», frente a la manifestación imprevista de la gloria y de la santidad de Dios en el templo (Is 6,5-6); tal es también el grito de Pedro después de la pesca milagrosa: «¡Apártate de mí que soy un hombre pecador!» (Lc 5,8).

Estamos ante la humildad esencial, la de la criatura que toma conciencia de sí misma en presencia de Dios. Mientras la persona se mida consigo misma, con los otros o con la sociedad, no tendrá nunca la idea exacta de lo que es; le falta la medida. «¡Qué acento infinito -ha escrito Kierkegaard- cae sobre el yo en el momento en que alcanza tener como medida a Dios».[6] Francisco poseía de forma eminente esta humildad. Una máxima que repetía a menudo era esta: «Cuanto es el hombre delante de Dios, tanto es y no más» (Adm 19,2; cf. LM 6,1).

Las Florecillas cuentan que una noche el hermano León quiso espiar de lejos lo que hacía Francisco durante su oración nocturna en el bosque del monte Alverna, y de lejos le oía murmurar largo rato algunas palabras. Al día siguiente el santo lo llamó y, después de reprenderlo amablemente por haber desobedecido su orden, le reveló el contenido de su oración:

«Has de saber, hermano ovejuela de Jesucristo, que, cuando yo decía las palabras que tú escuchaste, mi alma era iluminada con dos luces: una me daba la noticia y el conocimiento del Creador, la otra me daba el conocimiento de mí mismo. Cuando yo decía: “¿Quién eres tú, dulcísimo Dios mío?”, me hallaba invadido por una luz de contemplación, en la cual yo veía el abismo de la infinita bondad, sabiduría y omnipotencia de Dios. Y cuando yo decía: “¿Quién soy yo”, etc., la otra luz de contemplación me hacía ver el fondo deplorable de mi vileza y miseria» (Consideraciones sobre las llagas, III).

Era lo que pedía a Dios san Agustín y que consideraba como la suma de toda la sabiduría: «Noverim me, noverim te. Que me conozca a mí y que te conozca a ti; que me conozca a mí para humillarme y que te conozca a ti para amarte».[7]

El episodio del hermano León está ciertamente adornado, como sucede siempre en las Florecillas, pero el contenido corresponde perfectamente a la idea que Francisco tenía de sí y de Dios. Prueba de ello es el inicio del Cántico de las criaturas, con la distancia infinita que pone entre Dios «altísimo, omnipotente, buen Señor», a quien se deben «las alabanzas, la gloria, el honor y toda bendición», y el mísero mortal que no es digno ni siquiera de “nombrar” a Dios, es decir, de pronunciar su nombre:

«Altísimo, omnipotente, buen Señor,
tuyas son las alabanzas, la gloria y el honor y toda bendición.
A ti solo, Altísimo, corresponden,
y ningún hombre es digno de hacer de ti mención» (Cánt 1-2).

En esta luz, que he llamado teológica, la humildad se nos aparece esencialmente como verdad. Escribe santa Teresa de Ávila: «Una vez estaba yo considerando por qué razón era nuestro Señor tan amigo de esta virtud de la humildad, y púsoseme delante -a mi parecer sin considerarlo, sino de presto- esto: que es porque Dios es suma Verdad, y la humildad es andar en verdad».[8]

Es una luz que no humilla, sino que, al contrario, da alegría inmensa y exalta. Ser humildes en efecto no significa estar descontentos de sí mismos y ni siquiera reconocer la propia miseria y la propia pequeñez. Es mirar a Dios antes que a sí mismo y medir el abismo que separa lo finito de lo infinito. Cuanto más se da uno cuenta de esto, más se hace humilde. Entonces se comienza incluso a regocijarse uno de la propia nada, ya que gracias a esto se puede ofrecer a Dios un rostro cuya pequeñez y miseria ha fascinado desde la eternidad el corazón de la Trinidad.

Una gran discípula del Pobrecillo, que el papa Francisco ha proclamado santa hace poco, Ángela da Foligno, cercana a la muerte exclamó: «¡Oh nada desconocida, oh nada desconocida! En verdad el alma no puede tener mejor visión en este mundo que contemplar la propia nada y habitar en ella como en la celda de una cárcel».[9]Hay un secreto en este consejo, una verdad que se experimenta probando. Se descubre entonces que existe de verdad esa celda y que de verdad se puede entrar en ella siempre que se quiera. Consiste en el sentimiento quieto y tranquilo de ser una nada delante de Dios, ¡pero una nada amada por él!

Cuando se está dentro de la celda de esta cárcel luminosa, no se ven ya los defectos del prójimo, o se ven con otra luz. Se entiende que es posible, con la gracia y con el ejercicio, realizar lo que dice el Apóstol y que parece, a primera vista, excesivo, es decir, «considerar a todos superiores a uno mismo» (cf. Flp 2,3), o al menos se comprende cómo eso ha sido posible para los santos.

Cerrarse en esa cárcel es completamente distinto de cerrarse en sí mismo; es abrirse a los otros, al ser, a la objetividad de las cosas. Lo contrario de lo que siempre han pensado los enemigos de la humildad cristiana. Es cerrarse al egoísmo, y no en el egoísmo. Es la victoria sobre uno de los males que también la psicología moderna juzga perjudicial para la persona humana: el narcisismo. En esa celda, además, no penetra el enemigo. Un día, san Antonio el Grande tuvo una visión; vio, en un instante, todos los lazos infinitos del enemigo desplegados por tierra y dijo gimiendo: «¿Quién podrá evitar todos estos lazos?», y escuchó una voz que le respondía: «¡Antonio, la humildad!».[10] «Nada -escribe el autor de la Imitación de Cristo– conseguirá hacer exaltarse a aquel que está fijado firmemente en Dios».

Raniero Cantalamessa OFMCap

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