Santidad, buena voluntad y circunstancias – Blog del sagrado Corazón de Jesús

Santidad, buena voluntad y circunstancias – Blog del sagrado Corazón de Jesús

Santidad, buena voluntad y circunstancias – Blog del sagrado Corazón de Jesús

 

Blog del sagrado Corazón de Jesús, artículo del Padre Paccó Magaña.

Ser santo no es algo complejo, es vivir la sencillez. Ser lo que uno es, pero serlo con compromiso, con plena conciencia, con algunas actitudes: buena voluntad, libertad, verdad.

Si observamos las virtudes de los santos esto encontramos: sencillez, esto es, ellos ven la vida, a la gente, a las personas, las circunstancias, como las vería Jesús, solo eso.

Se trata de complacer, de complacer al Padre, esto es la santidad. Eso es todo, lo demás viene solo; es ponerse en cierto camino y seguirlo con verdadero compromiso, y entrar en una dinámica de conversión constante, de regreso continuo al camino, puesto que diversas circunstancias nos llevan a veces a apartarnos, en ocasiones sin darnos cuenta, del camino que conocemos y el cual a veces se va llenando de espinas, de arena, de rocas, de maleza. De ahí la necesidad de permanecer constantemente alertas, esto aconsejaba Jesús, en todo momento, a sus discípulos: permanezcan vigilantes.

La fórmula es fácil: sencillez, responsabilidad, buena voluntad, verdad, libertad, coherencia, lo difícil es permanecer en estas actitudes. La fórmula ya está dada, de hecho, Jesús la plantea en unas cuantas palabras: “busca primero el reino de Dios y su justicia y todo lo demás se te dará por añadidura” (Mt 6, 33).

Y bien, ya tenemos lo importante, la fórmula; ahora hay que ver los recursos, estos dependerán de las situaciones particulares de cada uno que haya decidido seguir a Cristo con sinceridad, como hicieron los santos famosos, pensemos en algunos:

No es lo mismo ser santo desde la condición de pastor o evangelizador que serlo desde una casa familiar, desde una ermita o desde un escritorio; hay santos tan diversos porque cada cual ha intentado vivir la buena voluntad desde su trinchera. Hay quienes desde la cárcel, o desde la escuela, o desde el estudio, o desde el martirio, pero eso no se escoge, las circunstancias no dependen totalmente de nosotros, lo que depende de nosotros es el cómo enfrentamos las circunstancias. León Felipe, un ilustre poeta español escribió respecto a esto así:

Nadie fue ayer ni va hoy,
ni irá mañana hacia Dios
por este mismo camino que yo voy.

Para cada hombre
guarda un rayo nuevo de luz el sol…
y un camino virgen Dios.

De lo cual, si lo aplicamos a esto que hoy consideramos, significa que la santidad es una realidad que tiene que ver con circunstancias concretas, no puedo imitar a un santo mártir si las condiciones particulares de mi vida no me lo favorecen, al no haber persecución religiosa en mi entorno. No puedo imitar a un santo monje si vivo en una ruidosa ciudad y tengo un empleo que me lleva de continuo al encuentro con personas a quienes debo servir, oír, con las que debo interactuar; difícil será vivir la pobreza como algunos santos si mi situación económica me exige trabajar duro para sostener una familia, dar el gasto, preocuparme por mis hijos. Podemos admirar a algunos o muchos santos, pero imitarlos será posible solo dentro de ciertos límites que la circunstancia facilite o dificulte; esto no significa que la santidad sea imposible; de hecho hay que vivir la circunstancia, enfrentar los retos, superarla o caminar con ella.

Si Francisco de Asís hubiera sentido el llamado a la santidad siendo casado y con hijos, no hubiera optado por la pobreza de la manera que lo hizo, porque la santidad exige una gran responsabilidad; no se deja una familia a la deriva por seguir a Cristo, al contrario, se sigue a Jesucristo en el entorno, en el cumplimiento de las responsabilidades; si Francisco obrara contra el deber y abandonase a su familia, la cual dependiera de él, teniendo personalmente el objetivo de vivir la pobreza, eso no lo pudiera hacer santo de ninguna manera.

Pensemos en Maximiliano Kolbe, por ejemplo, él es mártir, él dio la vida propia a cambio de la de otro, por la de alguien de quien él pensó que necesitaba vivir más que él mismo; sin embargo, las circunstancias cuentan: él y aquel hombre, como muchos más, estaban en un campo de concentración; en otras circunstancias su vida hubiera sido más útil de otras maneras y no hubiera sido sabio ofrendarla.

Santo Tomás de Aquino era un hombre sabio, gran pensador, religioso de la Orden de Predicadores; sin embargo, al parecer, no se le daba el hablar públicamente, la predicación no era lo suyo; pero él tenía claro que debía hacer, desde su circunstancia algo útil, tanto para su comunidad, como por el carisma de la misma, por la humanidad y por la Iglesia, y, desde su convento, se dedicó a pensar la fe, a proponerla de una manera ejemplar, sabia y práctica, según su tiempo, sus posibilidades, sus recursos; y ahí tenemos como resultado su colosal obra teológica; se dice que no ha habido un pensador de su talla; y ¿cómo lo hizo? Oración, buena voluntad y poniendo sus capacidades al servicio de la Iglesia, al servicio de Cristo, al servicio de su comunidad y al servicio de la humanidad.

Así podemos pensar en muchos santos más, en cualquiera de ellos y encontraremos que supieron aprovechar su entorno, sus circunstancias particulares, a veces adversas humanamente, pero siempre favorables desde el punto de vista espiritual; el imperativo es la santidad, el modo será marcado por situaciones peculiares personales y siempre ineludibles.

La santidad tiene que ver con una sola cosa: buena voluntad. Pero ésta tiene que ver con infinidad de cosas que la circunstancia particular y siempre en movimiento impone, y por esta razón nos encontramos de continuo ante incalculables tomas de decisión posibles.

Esto no significa que las circunstancias limitan o que la santidad es una consecuencia de las circunstancias, porque éstas pueden ser casuales, pero la santidad es lo más consciente que pueda imaginarse. La santidad tiene mérito porque es opcional: yo decido qué hacer con mi circunstancia, me puedo dejar absorber por ella, pero puedo enfrentarla o navegar en ella, la meta es clara: la santidad, la voluntad del Padre.

La santidad necesita también sabiduría, esto es, saber o buscar la voluntad de Dios en cada situación, echar a andar la buena voluntad, debo querer el bien en todo momento. Ser santo significa tomar decisiones basadas en la buena voluntad.

El Papa Ratzinger, en su libro “La Infancia de Jesús”, reflexiona sobre qué significa “hombres de buena voluntad”, a propósito del canto o himno de los ángeles, luego de que anunciaron a los pastores el nacimiento del salvador del mundo, y dice que ha habido diferentes interpretaciones y traducciones litúrgicas de este texto; por ejemplo, que se ha traducido como “y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor” “en la tierra paz a los hombres en los que Dios se complace”. Y enseña Joseph Ratzinger que ante todo Dios se complace en su Hijo Jesucristo, que se ha hecho hombre, siendo obediente a su voluntad; y añade la cita del bautismo de Jesús: “Tú eres mi Hijo amado, en el que tengo puestas mis complacencias” (Mt 3, 17; Lc 3, 22).

Ser santo es complacer Dios, ser santo es ser obediente a su voluntad, así como Jesús lo hace, por eso es “el Camino” (Jn 14, 6); ser santo significa que las decisiones que tomamos deben tener como inspiración la voluntad del Padre, una voluntad mayor, la cual hay que discernir continuamente; así es como se comenzó a gestar la Iglesia luego de la venida del Espíritu Santo, las decisiones de los apóstoles quisieron ser coherentes con la voluntad de Dios; esto nos lleva a que la frase “busca primero el reino de Dios y su justicia divina” también podemos traducirla: “busca primero la voluntad del Padre…”. El hombre de buena voluntad es el que busca la voluntad del Padre; el hombre de buena voluntad es el que desea el amor de Dios; el hombre de buena voluntad es aquel en el que Dios se complace, y Él se complace en los hombres que buscan y hacen su voluntad. Y ésta se busca y encuentra interpretando las circunstancias, las situaciones concretas de la vida. Dios nos quiere santos.

Finalmente, no hay santidad sin adoración eucarística. Las circunstancias de la vida son diversas, cada uno está inmerso en ellas; pero hay algo estable: el amor de Jesucristo, y, afortunadamente, ese amor infinito está presente en el mundo en todos los sagrarios; dentro de nuestras circunstancias habita el Corazón eucarístico de Jesús. Y nos espera y nos ama. El Santo nos hace santos en su presencia.

Artículo publicado en el Blog del Sagrado Corazón de Jesús de Tekton.

 

El Padre Pacco Magaña es sacerdote de la GdH del Sagrado Corazón en SLP, Mexico.

 

Necesitamos de tu ayuda para seguir con Tekton. ¡Ayúdanos! Gracias y que Dios te bendiga.

Dejar un Comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.