Sermón de Navidad de Santo Tomás Becket

Sermón de Navidad de Santo Tomás Becket

‘¡Gloria a Dios en las alturas, Y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!’
El decimocuarto verso del segundo capítulo del Evangelio según San Lucas.
En el Nombre del Padre, Hijo y el Espíritu Santo. Amén.

Queridos niños de Dios, mi sermón de esta mañana será muy breve.

Solo deseo que ustedes reflexionen y mediten sobre al sentido profundo y el misterio de nuestras misas en el Día de la Navidad. Cuando la Misa es recitada, recreamos la Pasión y Muerte de Nuestro Señor; y en este Dia de Navidad hacemos esto en la celebración de Su Nacimiento. Es así que en el mismo momento nos alegramos en Su venida para la salvación de los hombres, y ofrecemos nuevamente a Dios Su Cuerpo y Sangre en sacrifício, oblación y satisfacción por los pecados del mundo entero.

Fue en esta misma noche que acaba de pasar, que una multitud de ejércitos celestiales se aparecieron ante los pastores en Belén cantando: ‘¡Gloria a Dios en las alturas, Y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!’ Es en este mismo tiempo, de todo el año, que celebramos al mismo tiempo el Nacimiento de Nuestro Señor y Su Pasión y Muerte sobre la Cruz.

Queridos, como lo ve el Mundo, todo esto se comporta de una manera extraña ya que ¿Quien en el Mundo simultaneamente lamentará y se alegrará, movido por la misma razón? La alegría será traspasada por el lamento, o el lamento será expulsado por la alegría; es que solo en estos misterios Cristianos nuestros podemos sentir alegria y dolor por la misma razón y al mismo tiempo.

‘Tan solo piensa por un tiempo sobre esa palabra, ’paz.’ ¿No le parece extraño que los ángeles anunciaran la Paz, cuando sin cesar el mundo esta azotado con la Guerra y el temor de la Guerra? ¿Le parece que las voces angelicales estaban equivocadas y que tal promesa fue una decepción y un engaño?

Ahora reflecciona como Nuestro mismo Señor habló sobre la Paz. Él les dijo a Sus discípulos ‘Mi Paz les dejo con ustedes. Les entrego mi paz.’ ¿Acaso quiso decir sobre la paz tal como nosotros pensamos sobre ella: el reino de Inglaterra en paz con sus vecinos, los barónes en paz con el Rey, el propietario contando sus ganancias pacíficas, su fogón barrido, su mejor vino para un amigo a la mesa, su esposa cantándole a los niños?

Sus discípulos, esos hombres, no conocían tales cosas: salieron para viajar lejos, para sufrir sobre tierra y mar, para conocer la tortura, el encarcelamiento, la desilusión, el sufrimineto de la muerte con el martírio. Entonces, ¿Que quizo Él decir? Si preguntas eso, entonces recuerda que Él tambien nos dijo, ‘No como el mundo dá, Yo les doy.’ Por lo tanto, Él si les dió Paz a sus discípulos, pero no la paz como el mundo la da.

Considera tambien una cosa la cual probablemente nunca se te ha ocurrido. No solo durante la fiesta de la Navidad celebramos al mismo tiempo el Nacimiento y la Muerte de Nuestro Señor: al próximo día celebramos el martírio de Su primer mártir, el beato Esteban. ¿Es por accidente, piensa, que el día del primer mártir es el día inmediatamente después el día del Nacimiento de Cristo?

De ninguna manera. Tal como regocijamos y lamentamos al mismo tiempo, en el Nacimiento y la Pasión de Nuestro Señor; tambien, en un encuadre mas pequeño, regogijamos y lamentamos la muerte de los mártires. Lamentamos por los pecados del mundo lo cuales los han hecho mártires; regocijamos que otro alma más se cuenta entre los Santos en el Cielo, para la gloria de Dios y la salvación de los hombres.

Queridos, no pensamos de un mártir simplemente como un buen Cristiano quien ha sido matado porque es un Cristiano; esto sería para solo lamentar. No pensamos de él simplemente como un buen Cristiano quien ha sido elevado a la compañía de los Santos; esto serviría solo para regocijar: y ni el lamento o nuestro regocijo es como el mundo los vive. Un martírio Cristiano no es un accidente.

Los Santos no se hacen por accidente. Aún menos es un martirio Cristiano el efecto de la voluntad humana queriendo convertirse en un Santo, como si fuera como en el caso de humbro ingeniandose para ser un gobermante. La ambición fortalece la voluntad del hombre en convertirse soberano sobre otros hombres: opera con decepción, engatusamiento y violencia. Es la acción de impureza sobre impureza.

No es así en el Cielo. Un mártir, un santo o santa, siempre es hecho por el diseño de Dios, por Su amor hacia los hombres, para alertarlos y guiarlos, para traerlos de vuelta a Sus caminos. Un martírio jamás es el diseño del hombre, ya que el verdadero mártir es aquel quien se ha hecho instrumento de Dios, quien ha perdido su voluntad propia en la Voluntad de Dios; de verdad no la ha perdido sino que la encontró, como así también su libertad, en su sumisión a Dios.

El mártir ya no desea mas nada para si mismo, nisiquiera la gloria del martírio. Tal como sobre la tierra la Iglesia llora y rie al mismo tiempo, de una manera que el mundo no puede comprender, en el Cielo los Santos son los más elevados, habiendose hechos los más bajos, viendose a si mismos no como nosotros los vemos, sino en la luz de la Deidad de donde ellos basan sus propios seres.

Les he hablado hoy, queridos niños de Dios, de los mártires del pasado, pidiéndoles que recuerden especialmente a nuestro mártir de Canterbury, el beato Arzobispo Elphege, porque corresponde, en el cumpleaños de Cristo, recordar la Paz que Él nos trajo y también porque, queridos hijos e hijas, no pienso que voy a predicarles ya más – y porque es posible que dentro de muy poco tiempo todos ustedes tengan otro mártir más y este, tal vez, sea tampoco el último que tendrán.

Les pediría en conclusión que guardarán en sus corazones estas palabras que yo les doy y que piensen sobre ellas en otro momento. En el Nombre del Padre, Hijo e Espíritu Santo. Amén.

La pintura que vemos en este artículo es de la: Adoración de los Pastores de Charles Le Brun, 1689, Musée du Louvre, Paris, Francia; commons.wikimedia.org

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