Simplicidad y complejidad de la oración: San Francisco de Asís – Primera parte

Simplicidad y complejidad de la oración: San Francisco de Asís – Primera parte

Como todos los procesos esenciales para la vida humana, la oración es una realidad a la vez muy simple y muy compleja; afecta a la más íntima subjetividad y se fundamenta, sin embargo, en la realidad objetiva. Tiene que orar siempre el hombre; y el hombre tiene que orar siempre a Dios, delante de Dios, según Dios. Quien ha aprendido a respirar, ése no necesita hacer nada especial. Respira viviendo; integra en su organismo algo que se convierte en sustancia propia. Quien ha aprendido a estar delante de Dios, acogiendo la existencia como fruto de su amor y devolviéndosela como expresión de nuestro amor, ése se vive todo entero votivamente, como una única palabra toda ella agradecida, laudativa, expectativa. Su oración entonces, más y antes que palabras, es el acto mismo de existir, ejerciéndose como una lámpara que arde o un árbol que crece.

Y sin embargo, lo mismo que la vida, la oración puede volverse profundamente complicada. Desplegar la vida natural y espiritual en unidad armónica es un signo de sanidad y de vitalidad creadora. Pero esto no siempre es fácil o posible. Obstáculos externos o dificultades internas pueden impedir ese despliegue ensanchador y pacificador de la vida, dejando al hombre reseco y aislándolo de las fuentes de la vida. La oración se vuelve entonces difícil, como un cauce de agua que se seca o que no llega hasta el cántaro, a los que estaba destinada.

En ciertas situaciones no sabemos cómo orar o qué pedir. ¿Pero es posible que el hombre en algún momento no sepa lo que necesita? En eso precisamente consisten las crisis más agudas del espíritu. Tendríamos la mitad del camino andado, si supiéramos siempre con claridad qué es aquello de que carecemos, y qué aquello que necesitamos. Perplejos estamos a veces en medio de la vida, adivinando cuál es nuestra senda particular, aun cuando estemos en claro sobre la meta a la que queremos llegar. Perplejos y frenados otras veces, porque fuerzas y apetencias nos frenan en la marcha, o desvían hacia otros destinos, que no sólo no nos encaminan sino que positivamente nos desvían del propio destino al que Dios nos llama. Por eso pedimos lo que no necesitamos, y rechazamos aquello que nos es sanador y encaminador.

Jesús tuvo que reprochar a sus amigos cercanos el haber vivido tanto tiempo con él y no conocerle, hasta el punto de pedir cosas que eran contradictorias con su tarea mesiánica, porque tendían a la consecución de honor y poder, cuando su misión era el servicio en la solidaridad que asume y vence al dolor: «¡No sabéis lo que pedís! ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber o ser bautizados con el bautismo con que yo he de ser bautizado?… El Hijo del hombre no ha venido a ser servido si no a servir y dar su vida para redención de muchos» (Mc 10,35-45). Por eso Jesús, sabiendo que la oración es la intérprete de la esperanza, y que el hombre vive mientras la esperanza alienta, a fin de que la nueva vida y esperanza no se nos agostasen nunca, nos prometió el Espíritu, que nos enseña cómo orar y supera nuestra debilidad para orar realmente: «El mismo Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza, porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene; mas el mismo Espíritu aboga por nosotros con gemidos inefables, y el que escudriña los corazones conoce cuál es el deseo del Espíritu, porque intercede por los santos según Dios» (Rm 8,26-27).

El hombre delante de Dios unas veces tendrá que desgranar todas sus necesidades, una a una, enumerar cada uno de sus pesares; proponer sus incertidumbres y perplejidades. Mas no desgrana, enumera y propone como informando a quien no sabe, o como llamando la atención de quien vive despreocupado por el hombre. Su grito no es el del ebrio que vocifera sino el de quien en dolor derrama su corazón ante el rostro amigo:

«Mientras Ana rezaba y rezaba al Señor, Elí observaba sus labios. Y como Ana hablaba para sí, y no se oía su voz aunque movía los labios, Elí la creyó borracha y le dijo:

— ¿Hasta cuándo te va a durar la borrachera? A ver si te pasa el efecto del vino.

Ana respondió:

— No es así, señor. Soy una mujer que sufre. No he bebido vino ni licor; estaba desahogándome ante el Señor. No creas que esta sierva tuya es una descarada; si he estado hablando hasta ahora, ha sido de pura congoja y aflicción.

Entonces, Elí le dijo:

— Vete en paz. Que el Dios de Israel te conceda lo que le has pedido» (1 Sam 1,12-17).

Escrito de Olegario González de Cardedal

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