Simplicidad y complejidad de la oración: San Francisco de Asís – Segunda parte.

Simplicidad y complejidad de la oración: San Francisco de Asís – Segunda parte.

No ora el hombre porque piense que Dios está lejano y haya que tornarle cercano con los gritos, o volverle atento a nuestras necesidades, como si él las desconociese. «Vuestro Padre conoce las cosas de que tenéis necesidad antes de que se las pidáis» (Mt 6,8). Sabe el hombre que él, pese a su maldad de corazón, puede compadecerse y socorrer al hermano. Y ¿cómo no lo haría el que es bueno, la bondad misma, la misericordia entrañada? «Si pues vosotros siendo malos sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuanto más vuestro Padre, que está en los cielos dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!» (Lc 11,13). Por eso ora el hombre y trae ante la presencia del Padre todo en súplica, todo en ofrenda, todo en esperanza. Traemos nuestro mal espíritu para que él nos lo cambie y nos lo intercambie con el Santo Espíritu. Esas «buenas cosas» (Mt 7,11) que el Padre siempre nos da en su Santo Espíritu (Lc 11,13). Cuando san Juan escribe: «Yo les he dado la gloria que tú me has dado a mí para que sean uno como nosotros somos uno» (Jn 17,22-23), san Gregorio de Nisa comenta: Esa gloria que Jesús nos ha dado es el Espíritu Santo.

Esa minuciosa enumeración orante, que no acrecienta la angustia sino el amor, puede alargarse horas y días, en lentos recitados y en nocturnas vigilias. Pero puede también expresarse en sencillas jaculatorias, que concentran la totalidad en lo esencial; exhalaciones del corazón que resumen toda la complejidad en lo único necesario (Lc 10,42). «Señor, ten misericordia de mí». «Kyrie, eleyson». «Jesús, sé para mí Jesús». «Señor, heme aquí». «Hágase en mí según tu palabra». «Hinnení». «Padre, en tus manos están mis azares». «Abba». «Hágase según tu voluntad». «Padre, retira de mí este cáliz; mas no se haga mi voluntad sino la tuya». «Padre, perdóname y recibe mi espíritu».

No sabemos qué pedir ni cómo pedir, porque no sabemos dónde están nuestras últimas fuentes y nuestras últimas necesidades. Al desconocerle a él, o de él alejarnos, olvidamos que «todas nuestras fuentes están en ti; en ti está la fuente de la vida y en tu luz vemos la luz» (Sal 26,10). Sólo «volviéndonos a Él seremos iluminados y nuestros rostros no serán confundidos» (Sal 34,6). ¡Grande gracia del Espíritu es saber por qué ocultamos nuestros pecados, de qué puesto de vigilancia huimos o qué omisión de fidelidad estamos cometiendo! Por eso oramos al Señor que nos perdone nuestros pecados desconocidos, que son resultado de un ocultamiento previo, de una ignorancia culpable y de una forma de vida en la que no ejercitamos el deseo, la atención y el acogimiento de Dios y del hermano.

Los santos han llegado por manuducción del Espíritu a esa forma de oración serena y objetiva que, pasando por la propia subjetividad, la integra decantándola; y reconociendo sus fronteras la propone con amor sereno delante de Dios. Su forma de oración es ya un esclarecimiento de los problemas del hombre, por concentración en los dones de Dios. Quienes han sabido amar y servir, han sabido orar. Su forma de vida creó en ellos un nuevo instinto y hábito de oración, que fueron a su vez transformando la vida entera. Por eso orar con ellos y como ellos es descubrir el camino de lo esencial; y al ponernos en cercanía consenciente al Dios vivo, sentir el peso de su Gloria y la lumbre de su Santidad.

En compañía de los santos sabemos cómo responder a la llamada de Dios y cómo dar cauce a los deseos, que él suscita en nuestro corazón. Dios nos ha dejado un doble género de ayudas, de acuerdo a lo que es nuestra naturaleza humana, plegada hacia adentro y desplegada hacia afuera. Hacia adentro Dios nos ha dejado el Espíritu Santo que viene en ayuda de nuestra debilidad y nos ayuda a clamar: «Abba, Padre» (Gál 4,6). La interioridad y espiritualidad cristiana por tanto consisten esencialmente en la audición, acogimiento y connaturalización con ese Espíritu que nos recuerda la palabra de Jesús y nos abre hacia el Padre. Hacia afuera Jesús nos ha enviado los apóstoles y nos suscita los santos; resonadores unos y actualizadores otros de su palabra, de él mismo como personal Palabra del Padre.

Me gustaría ir ofreciendo algunas de esas oraciones que nos han legado los grandes santos como suma y proyecto de su alma, reflejo de su trayectoria orante y ejemplo para nosotros de cómo podemos responder con objetividad y alegría a Dios. Ellos lograron la superación de la complejidad farragosa por un lado y de la simplificación silenciosa por otro. Aquellos versos de santa Teresa: «Nada te turbe…», ¿no contienen una admirable suma de sosiego y de esperanza, de silencio y de palabra, de anhelo de mujer y de promesa de Dios?

Escrito de Olegario González de Cardedal.

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