Blog del Sagrado Corazón de Jesús: El ciego que veía

Blog del Sagrado Corazón de Jesús: El ciego que veía

Llegan a Jericó. Y cuando salía de Jericó, acompañado de sus discípulos y de una gran muchedumbre, el hijo de Timeo (Bartimeo), un mendigo ciego, estaba sentado junto al camino. Al enterarse de que era Jesús de Nazaret, se puso a gritar: “¡Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí!” Muchos le increpaban para que se callara. Pero él gritaba mucho más: “¡Hijo de David, ten compasión de mí!” Jesús se detuvo y dijo: “Llámenle”. Llaman al ciego, diciéndole: “¡Animo, levántate! Te llama”. Y él, arrojando su manto, dio un brinco y vino donde Jesús. Jesús, dirigiéndose a él, le dijo: “¿Qué quieres que haga por ti?” El ciego le dijo: “Rabbuní, ¡que vea!” Jesús le dijo: “Vete, tu fe te ha salvado”. Y al instante, recobró la vista y le seguía por el camino (Mc 10, 46-52).

Para el que desea ver, hay mucha luz; pero para el que no, siempre hay mucha oscuridad
(Blas Pascal)

Y ¿qué es ver? El diccionario dice muchas cosas, entre ellas: captar con los sentidos, comprender, ver con la razón, comprender la verdad. También dice: observar, acatar. Algo como aquello que dice el salmo: como están los ojos de los esclavos fijos en las manos de sus señores (salmo 122, 2). Ver es obedecer.

Supe la historia de un chico de 24 años que, viendo a través de la ventana del autobús gritó: “papá, mira los árboles como van corriendo detrás”. El papá sonrió y una pareja de jóvenes, sentados cerca miró al joven de 24 años con conducta infantil y murmuraron que ya estaba viejo como para estar diciendo eso; de pronto aquel gritó nuevamente: “mira papá, las nubes están corriendo con nosotros”. La pareja no pudo resistirse y le dijo al hombre mayor: “por qué no lleva a su hijo con un buen médico?” A lo que el hombre mayor, sonriendo, respondió: “ya lo hice, y apenas estamos saliendo del hospital; mi hijo era ciego de nacimiento, y hoy el está viendo por primera vez”. La pareja de jóvenes sintió deseos de que se los tragara la tierra.

Ver es tener por cierto y entendido algo; ver es creer. Aquel ciego de Jericó tenía una cosa por cierta: Jesús es el Hijo de Dios, no lo duda, su corazón lo sabe. Ha tenido un encuentro con la verdad, es decir: ha visto. La verdad es Jesucristo. Él ya lo ha visto desde dentro. Ahora solo quiere y necesita la vista física. Y eso es lo que le pide a Jesús: señor, ten piedad de mí, que vea. Y Jesús al momento le declara su sanación. Y aquel hombre que solo veía en su interior, ahora puede ver como los demás. Puede ver esa maravillosa creación que los otros veían sin contemplar; ver las hojas de los árboles caídas en el otoño y rebosantes en el verano; puede ver cómo es de alto aquel sol que le acalora y cómo son las estrellas por la noche; puede ver los colores del arcoíris y de los seres diversos que la naturaleza contiene; puede ver cómo son las personas; puede ahora ver a Jesús, el que le ha dado la facultad de ver, y puede contemplar sus ojos, sus manos, sus pies; ver las montañas altísimas, el horizonte, el azul del cielo; podrá contemplar el mar de Galilea y a los pescadores trabajando, verá el vuelo de las aves y podrá ver el grandioso templo de Jerusalén cuando vaya allí. Podrá ver lo que antes no veía, y podrá hacerlo como no lo hacen los demás, que al no carecer de tan grandiosa facultad, todo les parece normal, y no les llama su atención, no les parece novedoso.

No se trata solamente de ver con estos ojos. Es preciso mirar desde dentro. Aquel ciego solamente necesitaba la visión física. Pero en realidad él veía mucho más que otros que, pudiendo percibir con los sentidos a Jesús, nunca pudieron verlo como lo que realmente era: el Hijo de Dios. Y aquel ciego de Jericó sí que sabía a quien se estaba dirigiendo: al Hijo de David. Y le pidió la única cosa que necesitaba: ver con los sentidos.

Cuántos fariseos que tenían sus sentidos intactos no recibieron en su vida a Jesús, ni quisieron verlo como en verdad era. Cuántos escribas, ancianos sabios y especialistas en religión no vieron en Jesús al Mesías de las promesas proféticas. Cuántos gritaban enloquecidos a Pilatos que crucificara a aquel que sí podían ver con los ojos del cuerpo, pero no con los del interior. Les faltaban ojos en el alma, les faltaba la verdadera luz, la luz de la fe.

Si aquel ciego no hubiera sido curado por Jesús, al menos habría tenido una mirada que nadie le podría quitar jamás. Aquel ciego era lo contrario a Tomás, el apóstol, quien no podía creer en la resurrección si no veía a Jesús, y lo tocaba, además. Pero este pobre ciego, este desgraciado que no podía ver a Jesús, no necesitaba verlo para tener por cierto que ante él estaba el Mesías de Dios.

Y Jesús le dio aquello que le faltaba, pues a eso había venido: a dar la vista a los ciegos, la liberación a los cautivos, y dar la buena nueva a los pobres. Por eso le da la vista, porque él es la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo.

Imagine usted que llega algún día a tener una enfermedad compleja y cruel, imagine que usted deja de ver, que sus ojos han perdido la capacidad de enfocar, que usted vive entre las tinieblas. Imagine que vive así un par de semanas; ahora imagine que es operado por un buen cirujano oftalmólogo y que ahora le retiran las vendas de los ojos y comienza a ver. ¿Qué siente? Bien, fabuloso, ¿no es cierto? Usted no veía nada y ahora puede hacerlo. ¿No siente que ha vuelto a la vida? Ahora puede admirar las cosas que antes de hecho, veía, y las ve como son en realidad; pero ahora las ve con gozo, pues pensaba que no podría hacerlo más. Le aseguro que su manera de ver es ahora diferente. Se fija en cada detalle, ahora tiene gozo. La vista es un maravilloso don.

O, ¿ha visitado usted cualquier otro lugar, otra ciudad diferente a la suya? Y se detiene a observar la catedral, las calles, las fachadas, los tejados, los pórticos, los ventanales, campanarios y demás detalles de aquel lugar. Y hasta toma fotos con su cámara o con el celular; le parece novedoso, ¿no es verdad? Y puede decir: esta ciudad es hermosa. Y regresa luego de su viaje y aun recuerda conmovido aquel lugar a donde fue de vacaciones; y les comenta a sus amigos, compañeros o familiares de aquel lugar que visitó.

Y ¿ha pensado que vive actualmente en alguna comunidad o ciudad que es bella también, pero que no se ha detenido a examinarla como aquella a la que fue de paso? Le aseguro que su propia ciudad no la ha observado con la misma o parecida atención. Todo le parece normal todos los días. Claro, es lo cotidiano; y lo cotidiano puede hacer que perdamos la capacidad de asombro. Le aseguro que si usted perdiera la vista y volviera a contemplar su ciudad no la vería igual que ahora; algo nuevo tendría, no ella, sino usted mismo: su capacidad de captación de los seres. Su vista sería totalmente nueva.

Piense ahora en aquel ciego de Jericó. Lo cotidiano para él era no ver, no saber cómo eran realmente los seres. Y ahora puede verlos; para él todo es nuevo.

Pues bien, de esto se trata, de ver. De no perder la capacidad de asombro, la naturaleza, la vida, es nueva cada día; cada noche somos ciegos, pero cada día ocurre en nosotros el milagro de la luz, somos curados. Oh si yo pudiera ver como lo hacía antes, ahora debo usar gafas, no puedo leer como antes lo hacía, sin esforzarme tanto, hoy tengo cansada la vista y me cuesta trabajo enfocar casi cualquier cosa; también padezco de la facultad de escuchar, creo que me quedaré sordo en unos cuantos años, mis sentidos van decreciendo; cómo recuerdo cuando podía disfrutar mi música en esas viejas consolas del pasado, mis discos enromes, mis tangos, mis boleros, mis sinfonías y mi rock and roll. Ahora debo subir fuerte el volumen y los vecinos me gritan que le baje, y debo acudir a los audífonos, pero ese sonido no se compara con escuchar la música en el ambiente.

Que vea. Esto pidió el ciego de Jericó. Solo quería ver. Ver a Jesús. Ver la Luz. Ver como los demás. Disipar las tinieblas. Y ver la luz. Y vio a Jesús.

Dios sea Bendito

Artículo escrito para el blog del Sagrado Corazón de Jesús por el padre Pacco Magaña, sacerdote de la GdH en SLP, Mex.