¿Dónde está el secreto de vida?

¿Dónde está el secreto de vida?

El secreto de la vida no hay que buscarlo lejos, reside en lo más hondo de tu vida; te lo regaló Dios mismo, está escrito en tu persona, en el diseño que de ti hizo desde el momento en que creó al ser humano. Ya desde ahora, pido al Señor que nos lo revele, que nos haga descubrir a través de la vida, con fuerza y entusiasmo, que el Evangelio de la esperanza fue entregado a la Iglesia y asimilado por ella y que nos exhorta a que se anuncie y se testimonie cada día. Entreguemos el secreto que tiene una vida. Os invito a buscarlo en la profundidad espiritual, es decir, en esa unión con Dios que se traduce en gestos cotidianos de servicio y de entrega a los demás. ¡Qué tarea más maravillosa anunciar y testimoniar a Jesucristo! ¿Qué vocación más hermosa y mayor puede existir que la de haber sido llamado por Dios mismo a anunciar y testimoniar su misma vida? Y a ello estamos llamados todos los cristianos. Esta es la gran vocación de la Iglesia en todos los tiempos y en todos los lugares, tal y como nos decía ya Pablo VI en la Evangelii nuntiandi: «Evangelizar constituye, en efecto, la dicha y la vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar, es decir, para predicar y enseñar» (EN 14).

Me encuentro con personas muy diversas, con compromisos muy diferentes, con un deseo inmenso de amar a los todos los seres humanos no por amor de Dios, sino con el amor de Dios, es decir, por un sentido profundo de fraternidad que tiene las raíces en la fe. Cuando nos abrimos a los demás, cuando acogemos, la consecuencia es de olvido de uno mismo y de una disponibilidad para estar al lado y al servicio de quien encontremos en el camino. Te has preguntado alguna vez por qué crees. Si no lo has hecho, hazlo ahora conmigo. La clave está en la confianza: «Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor» (Sal 1). Porque la confianza nos hace vivir no desde nosotros mismos, sino desde quien nos da raíces, capacidad para dar fruto y sombra, para que los que se acercan a nuestra vida tengan la experiencia de confianza, y se sientan a gusto y seguros; no damos de lo que sobra sino lo que tenemos. El hombre de fe no se mueve por unas ideas, sino por una Persona que nos ha amado. Y quien tiene esta experiencia, cambia las cosas; la agresividad, la angustia y la tristeza se transforman en paz y alegría, en esperanza y amor a todos. ¿Acaso no tiene fallos y debilidades? Claro que los tiene, pero sus debilidades y pecados son precisamente la razón fundamental para apoyarse confiadamente en el amor todopoderoso y en la fuerza de Dios. Os invito a que busquéis el secreto de vuestra vida, dando tres pasos.

1. Desde una confianza ilimitada en Dios, acoge su amor. Sin la experiencia de ese amor estamos enfermos, nos desconocemos a nosotros mismos y desconocemos a los demás. Sin la experiencia de ese amor entrañable de Dios, de esa pasión de Dios por el hombre, el ser humano no se siente salvado y además se siente desconocido. Todos los hombres estamos necesitados de curación; la vida de Dios oxigena, da medida y entidad a nuestra vida, y nos da capacidad para trascendernos. ¿No es precisamente esto lo que nos presenta el Evangelio del fariseo y el publicano? Los dos personajes son pecadores. Los dos sienten la enfermedad. Los dos quieren curarse, pero solamente el publicano se sitúa ante Dios de la manera que llega la curación a la vida humana: reconociéndose necesitado de Dios, queriendo que le tiendan la mano y la mirada misericordiosa y gratuitamente: «Soy un pobre pecador».

2. No caigas en la tentación de retirar a Dios a un museo y vivir como si no existiera. La parábola del fariseo y del publicano tiene una profunda actualidad, especialmente en la figura del fariseo. Esta figura representa muchas de las situaciones que vivimos. El museo no molesta, se ve, se observa e incluso se contempla y se descubren las grandes obras que se hicieron, pero, ¿es alguien vivo que diga algo y transforme el corazón del ser humano y las estructuras en las que vive en este momento? El fariseo ha sido un creyente, pero ha convertido a Dios en trasto de museo. De tal manera que ya en su vida no interviene para nada. Ya no deja entrar a Dios en su vida. Él mismo se hace dios: no soy como los demás hombres, estoy al día, tengo y asumo las costumbres sociales del momento, los valores vigentes y que no son molestos, ni interrogan a los demás en ningún ámbito de la vida. Este no es el Dios cristiano que se nos ha revelado en Jesucristo. ¿Qué hacer en este momento histórico?

3. La Iglesia asume el compromiso de entregar el amor de Dios a todos los hombres. Tengamos el coraje que el Papa Francisco nos invitaba a tener en la exhortación apostólica Evangelii gaudium: tenemos que tener el atrevimiento y el coraje de «volver a Cristo». Es fácil decir libertad, justicia, verdad, amor, entrega y servicio, pero ¡qué difícil resulta acoger la medida verdadera que tienen estas palabras y que ningún ser humano puede dar! Hay que dar hoy una nueva confesión de fe al estilo de la primera. Y esto pasa por decir algo que brota de nuestro corazón y de nuestros labios: tú, Señor, resucitado y vivo, eres la esperanza de la humanidad, del hombre, de la historia; tú, Señor, eres el Camino, la Verdad y la Vida de los hombres. En contextos de pluralismo ético e incluso religioso, confesar y proponer la verdad de Cristo como el único Redentor del mundo, es incuestionable, necesario, urgente e indiscutible. Las dificultades en el camino para el anuncio de Jesucristo no pueden quitarnos la confianza, la esperanza, la entrega y la creatividad. Una de las tentaciones más grandes que sufrimos en momentos de dificultad es la desconfianza, la desesperanza, el guardar nuestra vida y el situarnos en el ir tirando. Hoy san Pablo se acerca y nos dice: «Pero el Señor me ayudó y me dio fuerzas para anunciar íntegro el mensaje».

El mejor servicio que podemos hacer a nuestro mundo es mostrar el rostro de Jesucristo con nuestra vida. Demos confianza, esperanza, entrega y creatividad a nuestro mundo. Atrevámonos a escuchar al ser humano, hagamos como el publicano de la parábola o como el hombre pobre del libro del Eclesiástico. Hazte como el Señor y entra en comunión con Él. «El Señor es un Dios justo que no puede ser parcial […], no desoye los gritos […] y hasta alcanzar a Dios no descansa». No seas parcial. Habla a Dios. Sitúate bajo su acción. Deja que entre en tu vida. Déjate hacer por Dios. El publicano de la parábola es el prototipo de quien sabe que tiene que ser quien nos creó, el que devuelva el rostro al ser humano. Así se sirve a la caridad y se hace crecer la cultura del encuentro y de la solidaridad. 

Con gran afecto, os bendice,

+Carlos, Cardenal Osoro, arzobispo de Madrid – Fuente del artículo.

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