Defiende los derechos del hombre con hechos

Defiende los derechos del hombre con hechos

Cada día somos más conscientes de que los discursos sobre los derechos humanos no se corresponden siempre con la realidad de millones de personas, consideradas sujetos de derechos que, muchas veces, ni se promueven, ni se respetan. Defendamos los derechos del hombre con hechos. Dejémonos alcanzar por los sentimientos de Cristo que se nos revelan en sus palabras y leamos la realidad, viendo dónde no se respetan los derechos del hombre en el mundo. Padecen estas situaciones niños y niñas; jóvenes desempleados y adultos que buscan un trabajo para dar sustento a su familia con el sudor de su frente; indígenas y campesinos expulsados de sus territorios; trabajadores mal retribuidos; marginados y hacinados urbanos; ancianos excluidos; mujeres que sufren abusos y explotación… Como nos dice el Papa Francisco, ante situaciones así, «todos estamos llamados a ir más allá. Podemos y debemos hacerlo mejor con los desvalidos» (Mensaje del Papa Francisco a la FAO 2018). ¿Qué quiere de nosotros el Señor en estos momentos de la historia?

1. Intervenir. Dios quiere que estemos presentes en estas realidades que contemplamos de un modo proactivo, es decir, interviniendo para que cambien. El Señor desea contar con nosotros cuando dice: «¿A quién mandaré?». Escuchadas en lo más profundo del corazón, estas palabras hacen que cada uno de nosotros deseemos responder: «Aquí estoy, mándame». Podemos hacer de esta tierra una gran familia. Tenemos grandes límites que no se pueden suplir con voluntarismos, pero siempre encontramos una parte valiosa que nos sirve a nosotros mismos y siempre puede servir a los demás. Movilicemos esa parte valiosa. Nunca nos despreciemos a nosotros, ni a los demás. Nunca respondas negativamente a quien quiere y desea hacer algo por los demás. Los cristianos no lo hacemos desde una ideología; darnos al otro, sea quien sea, nace del encuentro con una Persona, con Jesucristo. ¿Tenemos poco? Démoslo, pongámoslo en manos del Señor, y veremos cómo se multiplica. Juntos podemos hacer mucho, nunca sin el otro. Intervengamos en dar ese abrazo de Dios a todos.

2. Protagonizar. ¡Qué belleza adquiere nuestra vida cuando nos sentimos fundados y salvados en Jesucristo y remitidos siempre a los demás, a todos los hombres! Entremos en la lógica del Evangelio que es muy clara; quizá la vemos con mucha más fuerza cuando escuchamos a Jesús en aquella parábola: «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere da mucho fruto». Es la lógica en la que hemos de entrar para cambiar nuestro mundo. Porque no vale vivir para uno mismo, no vale buscar salvarse uno; hay que entrar en otra dinámica según Jesucristo. Hay que perder la vida, hay que darla como Jesús; es un perderse, que significa ganar. Hay que hacerlo por los otros como Jesús.

¿Habéis caído en la cuenta de lo que significa la última tentación de Cristo en la Cruz, cuando le gritan: «Si eres Hijo de Dios, sálvate a ti mismo»? Le proponen el evangelio de este mundo, que no es el que ha propuesto Jesús ni es el que propone Él también desde la Cruz: «A tus manos encomiendo mi espíritu». Nuestro Señor Jesucristo no propone la autorreferencialidad, sino la relación con todos, el encuentro y el diálogo. Nos propone dar vida al prójimo y no proporcionarle la muerte. En esa ansia por buscar la libertad, al prójimo a menudo se le interpreta como una atadura, estorba porque me hace salir de mí mismo y ponerme en relación con él y en protagonismo para garantizar sus derechos. ¿Estaremos en un tiempo de muerte del prójimo? El prójimo nos interpela y obliga a la relación. ¡Qué importancia tienen la comunidad cristiana y la familia cristiana! Ambas están unidas por los lazos del amor más grande, el de Dios mismo, y son escuela para aprender a abrirnos al prójimo. El amor cristiano, nuestra identidad, es escuela de solidaridad; es cadena que nos une a unos con los otros. Cuando hay amor, nadie sobra y nadie es extranjero. Cuando dos personas se abrazan, no se distingue al que ayuda del que es ayudado. Cuando se abrazan, son uno; el protagonista es el abrazo.

3. Servir la alegría del Evangelio. El Señor se acerca a nosotros, desea mostrar su cercanía a todos los hombres que habitan este mundo. Cambia el corazón de quien se acerca a Él y lo deja entrar en su vida. Quiere entrar en tu vida, desea hablar a través de ti a los hombres con obras y palabras. Desea hacerlo hoy, porque nosotros creemos que todos los hombres son hermanos, creemos en la igualdad y en la dignidad de las personas. Deja entrar al Señor en tu vida, verás el cambio: aceptarás el desafío de encontrarte con otros diferentes, de dar de lo tuyo a otros, de hacer partícipe de lo que tienes a los demás, pero también de recibir lo que estos te pueden dar. Hemos de ser valientes para hacernos consanguíneos con otros. La Iglesia sabe hacerlo pues, entroncada y fundada en Jesucristo, sabe de la salvación que Él nos da.

El Señor nos dice, como a Pedro: «rema mar adentro», entra más en la profundidad de los problemas, y «echad las redes». Observa que, lo que más necesitan los hombres, es que respetemos la dignidad que Dios les dio; que respetemos sus derechos y nos acerquemos a sus necesidades reales. La Iglesia tiene que brillar como signo de unidad de la humanidad en el mundo, al servicio de la fraternidad de todos los pueblos y de todos los hombres. Nadie puede negar que la Iglesia es laboratorio de paz, de caridad y de cultura, de acercamiento a todas las necesidades de los hombres. ¿Que se dan situaciones de cristianos que no lo hacen? Sí, pero la Madre Iglesia es lo que os he dicho. En la encíclica Laudato si, el Papa Francisco nos propone mirar el mundo como casa común, partiendo de la tierra y de los pobres. Estamos todos interrelacionados. La conversión de un hombre cambia el mundo; de ahí que la cuestión ecológica es al mismo tiempo concreta y espiritual.

Con gran afecto, os bendice,

+Carlos, Card. Osoro, arzobispo de Madrid – Web

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