Las 10 mejores enseñanzas de los padres del desierto sobre la compunción

Las 10 mejores enseñanzas de los padres del desierto sobre la compunción

1.- Un día el abad Silvano, sentado entre sus hermanos, entró en éxtasis y cayó rostro en tierra. Y después de largo rato, se levantó llorando. Y los hermanos le preguntaron:«¿Qué te sucede padre?». Y como insistiesen dijo: «He sido raptado al lugar del juicio y he visto a muchos que vestían nuestro hábito que iban a los tormentos y a muchos hombres del mundo que iban al Reino». Desde entonces, el anciano se entregó al penthos*1 y no quería salir de su celda. Y si le obligaban a salir, se cubría el rostro con su capucha diciendo: «¿Qué necesidad hay de ver esta luz temporal, que no sirve para nada?».

2.- Sinclética, de santa memoria, dijo: «A los pecadores que se convierten les esperan primero trabajos y un duro combate y luego una inefable alegría. Es lo mismo que ocurre a los que quieren encender fuego, primero se llenan de humo y por las molestias del mismo lloran, y así consiguen lo que quieren. Porque escrito está: “Yahveh tu Dios es un fuego devorador” (Dt 4, 24). También nosotros con lágrimas y trabajos debemos encender en nosotros el fuego divino».

3.- El abad Hiperiguio dijo: «El monje que vela, trabaja día y noche con su oración continua. El monje que golpea su corazón hace brotar de él lágrimas y rápidamente alcanza la misericordia de Dios».

4.- Unos hermanos, en compañía de unos seglares acudieron al abad Félix y le rogaron que les dijese una palabra. El anciano callaba. Como seguían insistiendo, les dijo: «¿Queréis escuchar una palabra?». «Sí, padre», respondieron. Y el anciano dijo entonces: «Ahora ya no hay palabra. Cuando los hermanos interrogaban a los ancianos y cumplían lo que éstos les decían, Dios inspiraba a los ancianos lo que debían decir. Ahora, como preguntan y no hacen lo que oyen, Dios ha retirado a los ancianos su gracia para que encuentren lo que deben hablar, pues no hay quien lo ponga por obra». Al escuchar estas palabras, los hermanos dijeron entre sollozos: «Padre, ruega por nosotros».

5.- Se contaba del abad Hor y del abad Teodoro que, estando cubriendo de barro el techo de una celda, se dijeron el uno al otro: «¿Qué haríamos si Dios nos visitase ahora mismo?». Y llorando abandonaron cada uno su trabajo y volvieron cada uno a su celda.

6.- Un anciano contó que un hermano quería convertirse, pero su madre se lo impedía. Pero él no cesaba en su propósito y decía a su madre: «Quiero salvar mi alma». Después de mucho resistirse, viendo que no podía impedir su deseo, la madre le dio el permiso. Hecho monje vivió negligentemente. Murió su madre y poco después él enfermó de gravedad. Tuvo un rapto y fue llevado al lugar del juicio y encontró a su madre entre los condenados. Ella se extrañó al verle y le dijo: «¿Qué es esto, hijo? ¿También te han condenado a venir aquí? ¿Qué ha sido de aquellas palabras que decías: “Quiero salvar mi alma?”». Confuso por lo que oía, transido de dolor, no sabía qué responder a su madre. La misericordia de Dios quiso que después de esta visión se repusiera y curara de su enfermedad. Y reflexionando sobre el carácter milagroso de esta visión se encerró en su celda y meditaba sobre su salvación. Hizo penitencia y lloró las faltas cometidas antes de su negligencia. Su compunción era tan intensa que cuando le rogaban que aflojase un poco, no fuese que las muchas lágrimas perjudicasen su salud, rechazaba el ser consolado y decía: «Si no he podido soportar el reproche de mi madre, ¿cómo podré soportar mi vergüenza en el día del juicio en presencia de Cristo y de sus santos ángeles?».

7.- Un anciano dijo: «Si fuese posible a las almas de los hombres morir de miedo, cuando venga Cristo después de la resurrección, todo el mundo moriría de terror y espanto. ¿Qué será el ver rasgarse los cielos y a Dios mostrando su ira y su indignación, y los ejércitos innumerables de ángeles y a toda la humanidad reunida? Debemos pues vivir en consecuencia, ya que Dios nos va a pedir cuentas de todos nuestros actos».

8.- Un hermano preguntó a un anciano: «Padre, ¿por qué mi corazón es duro y no temo al Señor?». «A mi modo de ver, respondió el anciano, aquel que se reprocha a si mismo en su corazón alcanzará el temor a Dios». Y le dijo el hermano: «¿Qué reproches?». El anciano le respondió: «En toda ocasión el hombre debe recordar a su alma: acuérdate que tienes que comparecer delante de Dios. O también: ¿qué tengo yo que ver con los hombres? Estimo que si se persevera en estas disposiciones vendrá el temor de Dios».

9.- Un hermano preguntó a otro anciano: «¿Qué debo hacer?». Y le dijo el anciano: «Debemos llorar siempre». Sucedió que murió un anciano y volvió en sí después de varias horas. Y le preguntamos: «Padre ¿qué has visto allí?». Y él nos contó llorando: «Oí una lúgubre voz que repetía sin cesar: “¡Ay de mi, ay de mí!”. Eso es lo que nosotros debemos decir siempre».

10.- Un hermano preguntó a un anciano: «¿Por qué mi alma desea las lágrimas como aquellas que he oído decir derramaban los Padres antiguos, y no vienen y eso turba mi alma?». Y el anciano respondió: «Los hijos de Israel tardaron cuarenta años en entrar en la tierra de promisión. Las lágrimas son como una tierra de promisión: si llegas a ellas ya no temerás la lucha. Por eso Dios quiso afligir al alma, para que siempre desee entrar en aquella tierra».

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*1 PENTHOS: Duelo por la muerte de un pariente. Y de aquí, en sentido espiritual: tristeza causada por el estado de muerte en que el alma se encuentra a consecuencia del pecado, sea del pecado propio o del pecado del prójimo.

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