• 02/10/2022

Blog del Sagrado Corazón de Jesús: La importancia de ser pequeño

Blog del Sagrado Corazón de Jesús: La importancia de ser pequeño

Y saliendo de allí, iban caminando por Galilea; él no quería que se supiera, porque iba enseñando a sus discípulos. Les decía: “El Hijo del hombre será entregado en manos de los hombres; le matarán y a los tres días de haber muerto resucitará”. Pero ellos no entendían lo que les decía y temían preguntarle. Llegaron a Cafarnaúm, y una vez en casa, les preguntaba: “¿De qué discutíais por el camino?”. Ellos callaron, pues por el camino habían discutido entre sí quién era el mayor. Entonces se sentó, llamó a los Doce, y les dijo: “Si uno quiere ser el primero, sea el último de todos y el servidor de todos” Y tomando un niño, le puso en medio de ellos, le estrechó entre sus brazos y les dijo: “El que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe; y el que me reciba a mí, no me recibe a mí sino a Aquel que me ha enviado” (Mc 9, 30-37).

Esto es demasiado común. Nos enfermamos de algo difícil, de algo grave y nos planteamos muchas preguntas. A veces nos las callamos. A veces las realizamos. Y, teniendo alguna respuesta a la mano, nos organizamos lo mejor posible, siempre y cuando nuestra gravedad no afecte nuestra inteligencia y nuestra voluntad.

Así pasaba con Jesús y así pasaba con los discípulos. Ellos al escuchar a su maestro sabían que le quedaban pocas horas, pocos días entre ellos, aunque se negaban a aceptarlo. Él, sabía que tenía poco tiempo, que se estaban terminando sus días en Galilea, que se acercaba la hora de Jerusalén, aquella ciudad enferma que lo llevaría a la muerte.

Y decide hablar a sus discípulos, decirles un par de cosas antes de regresar al Padre; quería adiestrarlos para el porvenir y también para el futuro.

Ellos tenían miedo de preguntar; él parecía hablarles con enigmas. O ellos eso creían. Pero jamás Jesús habló a nadie con palabras más llanas, más claras y realistas. Su muerte, aquello de que les hablaba ahora no tenía nada de enigmático. Él sabía que moriría en Jerusalén en poco tiempo. Iría precisamente a eso: a dar la vida. Él sabía que el Padre lo resucitaría. Y estaba confiado a esto, porque ama al Padre y se deja guiar por su voluntad. Pero aquellos pobres hombres de Galilea no entendían y tenían miedo de preguntar. Mejor se callaban: a ver si su Maestro por fin res revelaba la verdad de lo que decía.

Pero el maestro seguía en lo mismo. Esto ya era demasiada reiteración. No negó que él era el Mesías cuando Pedro se lo dijo. Aquella misma ocasión les dijo que el Hijo del hombre debería padecer cruelmente en Jerusalén, pero Pedro lo interrumpió y quería hacerlo retractarse, callar, reacomodar las cosas. Una segunda vez, solo se lo dijo a los tres escogidos: Simón Pedro, Santiago y Juan, al bajar del monte de la transfiguración. Ahora esta tercera vez, en que al salir de aquel lugar donde expulsara a un demonio terco y mudo y sordo. Les hablaba de muerte. Les hablaba de vida. ¿Morirá en Jerusalén o tendrá la vida?

Lo de la muerte lo entendían perfectamente. ¿Quién no entiende de estas cosas? Hemos tenido pérdidas irreparables; hemos dejado de ver a seres muy amados que enfermaron, que cerraron sus ojos para casi siempre. Ellos no querían ver a su maestro padecer, morir, y menos violentamente. Además no creían que eso sucedería. ¿Cómo iba a morir alguien con tanto poder? Si era el Mesías, ¿Cómo moriría? Se supone que debería reinar por mil años. Se suponía que era el libertador, que echaría de su territorio a esos malditos romanos que llegaran detrás del mar a someter a su gente a fuerza de espada y estrategia militar. El Mesías daría fin al reinado de terror de aquel pueblo perverso que había crucificado a sus caudillos. El Mesías echaría fuera del país a Herodes, aquel sinvergüenza y oportunista que ostentaba la realeza judía y que había matado a Juan Bautista. De ninguna manera. Seguramente Jesús les gastaba una broma. No moriría. Otras veces le habían visto estar en graves dificultades y se había visto bien librado; nunca era su hora. Su hora llegaría en muchos años. Primero debería reinar. Efectivamente: Reinar. Esto les animaba y casi les quitaba el miedo. Seguramente Jesús los estaba poniendo a prueba para ver si eran dignos de estar con él y para asegurarse que perseverarían con él en las buenas y en las malas. Al fin que con él todo eran cosas buenas; él siempre ganaba; él siempre podía salir victorioso. Pero para prueba ya era demasiado.

Ya iban varias veces que repetía eso de morir. Se supone que el Mesías debería de hablar no de morir sino de reinar. Y reinar muy largo tiempo. No eso no ocurriría. No a Jesús. No ahora que las cosas se veían tranquilas. No ahora que se podía sentir su poder, el poder de las alturas. ¿Podría morir a manos de unos villanos aquel que les dio de comer a cinco mil hombres? No. Jamás. Jesús estaba bromeando; entonces todo estaba bien. Solo era cuestión de seguirle la corriente.

Ellos tenían miedo de preguntar. Se tiene miedo de preguntar ante lo irreparable. Jesús iba preparando el camino. Quería adiestrar a sus amigos para la batalla que se acercaba. Pero ellos no parecían notarlo. El miedo los paralizaba. Preferían hablar de otras cosas. Preferían ignorar aquello que Jesús les decía de muerte y resurrección y pensar en el futuro glorioso que les esperaba en la gran Jerusalén. Eso sí era fabuloso. Cada uno gobernaría una tribu de Israel; en total doce; para eso los había escogido. Era el Mesías nacionalista que el pueblo estaba esperando y además era amigo suyo; les tenía preferencia por encima de cualquier otro discípulo. Hasta les llamaba apóstoles: los enviados; los enviados a gobernar al pueblo entero de Israel. Y ya escogían por ejemplo ir uno aquí, otro allá y otro más acá y otro más allá. Y Jesús emitiendo decretos y edictos, reformando la Ley; él era dueño del sábado y del tiempo; él había demostrado que venía con gran poder. Él reinaría. Y ellos con él.

Seguramente ya se repartían los territorios. Los mas preferidos en Judea, los otros en Galilea; no importaba; ya casi se veían saludados por todos sus paisanos en Cafarnaúm, en Betania, en Nazaret, en Belén. La gente los admiraría, todos verían en aquellos hombres en esos antiguos pescadores a los nuevos administradores y tesoreros, legisladores y magistrados. Tendrían un enorme poder ahora que llegara la hora del Reino de Dios. Quizá también discutían quién estaría a la izquierda y quién a la derecha en ese reino. Quien al norte, en galilea, quién en Galilea, al sur. Y soñaban en grande.

Pero Jesús los volvió a la vida; los resucitó de esos sueños magníficos y les quiso hacer ver que la verdadera grandeza está en la pequeñez; que el que quiera ser el más grande se haga el servidor de los demás. Que en el Reino de Dios importa más el que sirve que el que es servido. Que en esta nueva sociedad no es el amo el que tiene sirvientes, sino que el sirviente es el verdadero amo.

Les presenta un niño en medio de ellos y les asegura que el que quiera ser el más grande se haga tan pequeño como ese chiquitín. Y les recordaría esta enseñanza la víspera de su muerte, cuando estuvieran sentados a la Cena Pascual. Les lavaría los pies a todos, uno por uno, y les diría: “¿lo ven?, siendo el Señor, el maestro, les he lavado los pies; ¡con cuanta mayor razón deberán lavarse los pies unos a otros!”.

Hacerse pequeños. Eso es lo importante. El mayor es el que sirve más. Lo importante es ser pequeño. De eso se trata el Reino. Efectivamente, no lo entendieron. No en ese momento. Lo entenderían más tarde; cuando se cumpliera cada una de las palabras de Jesús. Cuando ellos vieran que aquello de que les hablaba no eran parábolas, no eran comparaciones, no eran enigmas. Era la verdad cruda y dolorosa, pero también era la verdad salvadora, la verdad que da la vida.

En ese pequeño trecho Jesús les hace saber que es el Camino, pues van andando, y pronto emprenderán el camino a Jerusalén, a concluir la obra del Padre; les dice que él es la Verdad, hablándoles sin palabras veladas, les manifiesta lo que ocurrirá en poco tiempo, les habla de su muerte; les dice que él es la Vida, expresándoles que con la muerte no termina todo, que al tercer día habrá de resucitar.

Les enseña a recibir este Camino, esta Verdad y esta Vida como un niño recibe el amor de sus padres, con sencillez y agradecimiento.

 

Artículo escrito por el padre Pacco Magaña. SLP. Mex.