La voluntad de permanecer en el amor – Blog del Sagrado Corazón de Jesús

La voluntad de permanecer en el amor – Blog del Sagrado Corazón de Jesús

La voluntad de permanecer en el amor – Blog del Sagrado Corazón de Jesús:

 

Uno es responsable de lo que domestica
Antoine de Saint Exúpéry, El Principito

Entonces, Judas Iscariote, uno de los Doce, se fue donde los sumos sacerdotes para entregárselo. Al oírlo ellos, se alegraron y prometieron darle dinero. Y él andaba buscando cómo le entregaría en momento oportuno (Mc 14, 10-11).

La voluntad es poderosa. Es un tesoro. Un tesoro que puede ser empleado para hacer maravillas, pero también para dañar a otros y dañarse a sí mismo un ser humano. Es el poder más grande del mundo. Con ella podemos decidir. Tomar la vida en las propias manos. Es el increíble don que nos hace verdaderamente imagen de Dios.

Otra cosa poderosa es el amor; el que permanece en el amor no fracasa, es un triunfador. De esto se trata la vida, de que las decisiones más importantes sean firmes, se mantengan erguidas; se trata de permanecer en el amor, de decidirlo cada día, cada momento, es decir, de ser responsable de lo que se elige, de ser capaz de llevarlo hasta las últimas consecuencias. Quien permanece en el amor ejercita su voluntad según el bien, y, a pesar de los infortunios, tiene la conciencia y el alma tranquila: “es mejor padecer haciendo el bien, si esa es la voluntad de Dios, que padecer haciendo el mal” (1Pe 3, 17). El amor es una tarea. Es una decisión constante.

Es cierto, en nuestros días, tan llenos de farsas con respecto al amor, tan llena la vida de nuestro tiempo de amor peliculesco, de canciones románticas, de historias fugaces, el amor no se entiende. Hoy vemos, como nunca antes, cómo se desintegran familias, cómo el amor se ha devaluado y parece ya no importar. Ahora lo que le importa a la gente es sentirse bien. Los sentimientos son lo que les importa. Si ahora sienten bonito, están con alguien y si mañana no lo sienten, miran hacia otro lado y cambian de dirección, trastocan el amor. Y lo peor de todo esto es que se piensan que eso es amor. Pero están engañados. El mundo los ha engañado, cayeron en las garras del amor plástico, del amor sensible, del amor de caricaturas.

Recuerdo otros tiempos en que se escribían historias de amor fabulosas, de cómo alguien creía en el amor que tenía por alguien y luchaba por conquistarlo y de mantenerlo vivo a toda costa. Y las historias de antaño enseñaban que el amor era para siempre, para vivir felices toda la vida.

Esto no es cursi. Esto es verdadero. Por lo menos así dice el rito del matrimonio sacramental hasta el día de hoy: “y prometo amarte… todos los días de mi vida”. Y se supone que el día del matrimonio inicia una promesa de amor permanente, insistente, que se debe ir fortaleciendo y agrandando cada día y hasta el último día. A pesar de las dificultades. A pesar de los enemigos del bien, de las amenazas al amor, de la infidelidad, del peligro siempre acechante de la desintegración familiar, del término de los sentimientos.

Y el amor no es lo mismo que los sentimientos; el amor son los hechos, la voluntad de permanecer en la aceptación, de mantener vivas las promesas. Porque los sentimientos son pasajeros, pero el amor es otra cosa. El amor viene a ser el compromiso, la capacidad de dar la vida, gota a gota, hasta el último día, a pesar de no sentir bonito. El amor hoy en día dura solo mientras hay sentimientos, pero, cuando estos ya no se perciben o ya no son tan fuertes, al amor no se le encuentra, parece desaparecer. Y los que antes se amaban o juraban amarse, se retiran, porque tienen miedo al verdadero amor, al compromiso, a compartir las penas y las dichas, la salud y la enfermedad, la pobreza y la abundancia.

Y, seamos honestos, los sentimientos de amor duran muy poco. Cuando todo inicia, se extrañan los amantes desde el primer minuto que no se ven; un día sin verse o comunicarse es un desierto; en el inicio hay detalles, caballerosidad, ternura, delicadeza, generosidad, todo esto generado por los sentimientos. Al paso del tiempo estas actitudes se van debilitando con demasiada naturalidad; al compartir la vida, la relación parece algo monótono, el amor se hace tan cotidiano que a veces se pierde de vista. Al principio todo era perdonado, todo era miel; después ya hay gestos, malas caras, palabras duras, actitudes inesperadas, celos, desconfianza o rutina. Para entonces el amor sentimental ya ha pasado. Ahora quedan dos opciones: o vivir el amor verdadero, es decir, ser fiel y responsable a la elección; o bien, llevar todo a la ruina, al fracaso, al dolor y a la soledad.

El que ama de verdad sabe en su interior que debe permanecer, que hay que insistir, que hay que decirse: “yo he elegido esto, debo ser capaz de llevarlo hasta el final”. El que no ama, cuando deja de sentir, se cansa y se va, a intentar otros amores, otras opciones, otros caminos y a enfrentar quizá otros fracasos. El que permanece, el que cree, el que cultiva, el que riega, el que se mantiene firme en su elección es un ganador; esto es lo que le digo a quienes me consultan al respecto de los peligros del amor en el noviazgo o en los matrimonios: Tú permanece en el amor, todos los días, sé fiel a tu elección. Tú amas. Tú ganas.

Jesús escogió a sus discípulos, no por sentimientos, sino por verdadero amor a ellos. Él les insistió que permanecieran en su amor (Jn 15, 9-11); les dijo también que se amaran unos a otros, como él mismo los hubo amado (Jn 13, 34); les mandó que amaran con amor sobrenatural. Y él los amó con el corazón. Ellos recibieron primero todo el amor del corazón de Jesús. Él les dio todo. Y no solo a ellos, sino a todos los que quisieran recibirlo a él, a ellos y al su mensaje. Permanecer en el amor, eso es el secreto de amar de verdad.

A pesar de tener todo el amor del mundo, no todos los discípulos quisieron permanecer. Muchos se desilusionaron (se les acabó el amor, los sentimientos) y dejaron a Jesús, se alejaron de él (Jn 6, 66), pero los apóstoles quisieron quedarse con él, mantenerse anclados en el amor de Jesús: “Y ¿a quién iremos, Señor? Solamente tú tienes palabras de vida eterna” le dijo Pedro alguna vez (Jn 6, 67s)).

Y Simón Pedro llegó a negar a Jesús, no por falta de amor, quizá por miedo, le faltó valor cuando le acusaron de ser discípulo de Jesús; sin embargo, esperó la resurrección; decidió alguna vez negar a su maestro, pero también decidió muy pronto regresar con él, estar con él, y quedarse para siempre. Él ejercitó su voluntad orientándola al amor que permanece, que es insistente y que se hace cada vez más fuerte, más grande, más vivo; capaz de dar incluso la vida. Y decidió ser de Jesús, hasta morir crucificado en Roma.

Judas Iscariote dejó de sentir amor por Jesús; pero no solo eso, dejó de amarlo. Decidió no solo traicionarlo, sino incluso entregarlo, ponerlo con facilidad en manos de los enemigos del reino. Más tarde se dio cuenta de su error, al ver la suerte que correría su otrora amado maestro y, arrepentido, fue a devolver el precio de su traición; y, aun teniendo la posibilidad de regresar con Jesús, y arrepentido esperar la resurrección como los demás elegidos, cegado por la falta de amor, por la desesperanza, por sus nuevos sentimientos de derrota, de fracaso, de dolor, decidió mal; se quitó la vida. Nadie lo obligó; él se alejó del Señor de la vida y, en lugar de dar la vida por Cristo, como lo hizo Pedro al final, decidió entregar su propia vida a la ruina más terrible.

Aprendamos a amar. Aprendamos de Jesús. Es fácil. El que ama da la vida. El que ama permanece. El que ama lo hace hasta el final, con sentimientos o sin ellos, porque amar es entregarse. Entregarse al corazón de Jesús.

 

El autor de este artículo es el Padre Pacco Magaña sacerdote de SLP, Mexico, GdH del Sagrado Corazón.

 

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